Conservar el progreso

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(Esta columna fue publicada originalmente el 30 de octubre de 2018 en El Norte de Castilla)

Mi libro favorito es “Breve historia de Inglaterra”, de G.K. Chesterton, un repaso por la historia desde el punto de vista de un inglés, que en términos de autoestima es lo más parecido a un castellano. Chesterton desmonta muchos de los tópicos de la historia oficial y uno acaba llegando a la conclusión de que la postverdad ha existido siempre.

No vamos a sorprendernos a estas alturas -sería pueril- pero conviene ponernos en alerta ante el peligro que existe cuando se abandonan los hechos y nos centramos simplemente en que estos se interpreten conforme a nuestros intereses ideológicos. La postverdad manipula conceptos, como por ejemplo el de progreso. Algunos han sido capaces de apropiarse del progreso, de adherir lapas a su significado hasta cambiar su definición de modo radical. El progreso no es lo que nos cuentan, no es ese artista de la nada, vegetariano, defensor del hembrismo marxista, antitaurino, antimadridista, ateo, nihilista, heteroflexible y amante de Barcelona, que se enfrenta, por supuesto a lo no progre, a lo que quieren vender como conservador, que se describe por un cristiano mesetario que va a los toros, fuma puros, canta “Hala Madrid” mientras mata conejos adorables, pellizca el trasero a la secretaria y se va de putas en un coche que contamina.

Sucede que cuando no se puede operar sobre lo real, se opera sobre lo simbólico y cuando la izquierda seria se queda sin discurso, se enroca en el cliché de la izquierda tonta y hace el ridículo. Tengo pánico al devenir de las cosas si el PSOE no vuelve a la sensatez de modo urgente y vuelve al progreso real, al de verdad. Teniendo en cuenta que lo que nos trae el futuro, si nadie lo remedia, es nacionalismo y comunismo, su actitud es vital y ha de empezar por mandar a estos pijos comunistas postmodernos a las pocilgas de la historia, junto a su ideología. Cuanto más podamos conservar del pasado cercano, de la Constitución del 78, más podremos disfrutar de una ley justa y de un estado libre, sin más artificios ni intenciones naif de felicidad colectiva. Cuando más cedamos al futuro que pretenden, que no es sino el pasado rancio, más tendremos que soportar la ignorancia, la miseria, los conflictos y los privilegios de unos o de otros. El progreso hoy lo encarna el moderado, que no tiene nada que ver con ese cliché sino con la defensa del imperio de la ley, de la democracia representativa y del estado de derecho. La Constitución es lo único que queda de la democracia y la democracia es lo poco que queda de la libertad a la que sirve.

Dice Chesterton que “cuando Roma cayó, la ciudad se transformó en una aldea provinciana. El resultado fue un leve localismo y no un amotinamiento intelectual. Había anarquía pero no rebelión, pues toda rebelión debe sustentarse en unos principios y por tanto, para quienes sean capaces de pensar, en una autoridad”. A mi la decadencia de Roma me suena tanto a la que sufrimos ahora que no puedo evitar pensar que tras este localismo sin motín intelectual lo que sigue son los bárbaros y que, como entonces, clamaremos por una oportunidad de volver al pasado, y de volver, por lo tanto, al progreso.

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