Aquí, sufriendo

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«Agosto, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. A-gos-to: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. A. Gos. To.»

Ya llegas, ya llegas a mi un año más para recordarme lo infeliz que se puede llegar a ser, lo vulgar que es la vida sin orden, ya llegas para hacerme ver lo ordinario que sería el mundo sin rutina, la realidad de la vida sin horarios, ya llegas para sumirme en este pozo de mediocridad y de hombres con pantalón corto, para ahogarme en el fango de la clase social, para apuntarme a la sien con una cascara de melón, para amenazarme con una brocheta de sandía, para ponerme de rodillas ante la dictadura del dominguero, para agredirme con un convenio regulador estándar, para maniatarme ante el triunfo de la chancla, de la piscina elevada a religión, de este calor como de dictadura centroamericana, ay agosto, agostito mío, tu nombre me sabe a hierba -seca- y a paella en la calle, a sobaco de camarero, a fracaso con filtro de Instagram y a subdesarrollo, tú, solo tú y tus cuatro semanas tiradas, tus treinta días de humillación que huelen a contenedor al sol, a populismo, tú eres el Perón de los meses, agosto, tú eres el purgatorio, el infierno de Dante, una especie de secuestro junto a Pablo Motos, yo soy el espíritu del verano que viene recordándome que no hay salida, que no se puede huir a ninguna parte, que el ciclo es el ciclo y que allá donde vayas hay turistas con cara de saber quién es Dakota y de no saber quién fue Rothko; ¿por qué me haces esto, agosto, por qué este Guantánamo de la elegancia, por qué me ahogas en música de coche de choque, por qué condenas a galeras la belleza y me entregas esta doble derrota que se llama agosto y encima con vacaciones?

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