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Frente al Canal de Castilla, un anciano y su hija se asoman a la ventana de la posada que regentan. Es una tarde fresca de la primavera de 1947 y don José, -viudo y anciano- y su hija, Candelas, pasan las últimas horas del día mirando a contraluz a la gente que recorre las humedades del Paseo del Muelle en un Valladolid de postguerra, hambriento, pero ya no tanto; un Valladolid en blanco y negro, con una tristeza casi endémica que ha generalizado media sonrisa. En el piso de arriba, ruidos de huéspedes. En el de abajo, ruidos de animales, que se remueven en las cuadras, transmitiendo así calor y compañía. Entre medias, ellos dos en un cuarto sin luz eléctrica y una mesa camilla, sobre la cual, una niña de tres años pasa las hojas de El Norte de Castilla. La niña se llama como su madre y esta escena se fijará en su cabeza para siempre.

En la posada había estrecheces, como las había en todas y cada una de las casas de esta ciudad, cuya tempranísima adhesión al alzamiento la condenó al olvido. La guerra puso en pausa muchas vidas y canceló muchos sueños, pero no pudo con la suscripción a El Norte. El viudo y su hija se turnaban así, día tras día, para leer el periódico, la única dignidad que les quedaba, en una sincronía maravillosa, sincopada solamente por la sonrisa de la niña de rizos y lazo blanco. El ritual daba para todo el día: por la mañana, ‘las letras grandes’ y por la tarde, repaso. En un mundo sin luz ni ocio, El Norte es todo con lo que la familia contaba para seguir cultivándose, para aprender, para saber, para divertirse y para seguir respetándose a si mismos tras la barbarie de una guerra que convirtió los libros de la familia en alimento de hogueras necias. El Norte era la ventana más allá de la ventana.

Muchos años después, en 1984, la niña de la camilla desayuna en una casa de la calle Gamazo junto a su madre, ya anciana. Junto a ellas, un niño de seis años lee El Norte tirado en el suelo antes de ir al colegio. Ese niño soy yo y esa familia es la mía, pero tengo la certeza de que esta historia es la historia de todas las familias porque esa casa son todas las casas y esa abuela son todas las abuelas. Mi bisabuelo perpetuó una tradición. Mi abuela hizo lo propio, mi madre sigue suscrita y yo escribo hoy este epílogo con el corazón encogido mientras abro las puertas de El Norte a mi hija, para enseñarle que esta es una ventana mágica que no solo te enseña lo que hay fuera, sino también lo que hay dentro. Porque El Norte somos nosotros mismos, El Norte es ese ombligo que nos conecta con nuestra esencia, con nuestros abuelos, con nuestra historia, con lo que somos y con lo que queremos ser.

Yo me pregunto qué sería de Valladolid sin el gran patrimonio que supone este periódico, qué ciudad seríamos si nuestras familias no hubieran pasado sus vidas expuestas a El Norte, qué puntos de vista habrían faltado en la formación de la realidad sin la compañía cercana de tan grandes periodistas y escritores; dónde quedaría el amor propio de una ciudad que mira y que se mira, que entiende y que se entiende, que se cierra en si misma como modo de abrirse cada día, de abrirse al abrir el periódico, de abrirse al abrir los ojos del corazón y del recuerdo de un Paseo del Muelle, que ahora está allá donde haya un lector que siga buscando ventanas más allá de las ventanas.

(Esta columna se publicó el 29 de noviembre de 2019 como ‘Epílogo’ del Suplemento Especial por el 165 aniversario de El Norte de Castilla. Click aquí)