paris kids

La primera vez que salí de la península fue en el viaje de fin de curso de COU, con diecisiete años: Francia, Bélgica, una cosa típica. Luego, ya con veintidós, pasé un verano destrozando mi inglés en Londres. Llegué con un delicado acento Windsor y volví con un ‘slang’ barriobajero aderezado con notas tercermundistas, gracias a mi sobreexposición al inglés de mis compañeros de trabajo, que no eran exactamente refinados lores, sino más bien pakistaníes disléxicos, indios holgazanes, irlandeses borrachos, maleantes sudafricanos y otras perlas de la creación divina. Los pubs tampoco ayudaron. Gracias a comunicarme con todas aquellas inglesas borrachas, ahora mi inglés natural es el de un macarra a las cinco de la mañana. Supongo que pasaría lo mismo si intentaras aprender español en las noches de una taberna flamenca; terminarás sonando como Jesulín pasadito de manzanilla de Sanlúcar.

Aquel verano aspiré kilómetros de moqueta y porteé todo tipo de basuras, sábanas santas y toallas, pero también aprendí a moverme en un aeropuerto, algo que, hasta entonces, solo había visto en películas. Nunca había montado en avión: por entonces, no existían vuelos de bajo coste. Posteriormente he viajado mucho y me prometí a mi mismo que, cuando tuviera hijos, les enseñaría el mundo personalmente. No por ocio, no por ‘hobby’, sino para que nadie les pudiera engañar con eso de «como en España en ningún sitio». Conocer Nueva York, Paris o Londres es algo que hay que hacer pronto, como parte de tu formación más básica, para que nadie te pueda amedrentar con esa baza. Hay que caminar por allí como quien camina por su barrio. A los cuarenta es tarde para según qué cosas y es fácil caer en el ridículo de una adolescencia tardía.

Bien, pues quiero comunicar al mundo que lo he conseguido. He viajado tanto con mi hija que ahora camina por cada ciudad como si fuera su barrio, que era, en realidad, el objetivo. Pero no contaba con la cara b: a nadie le impresiona su barrio. No hay nada de especial ni de épico en viajar cuando estás acostumbrado y, al final, de tanto querer que vean todo, resulta que no ven nada. De tanto pasear por lugares con encanto, el encanto se ha vuelto estándar y nadie valora lo estándar. Quizá haya que tomar decisiones: o elegimos asombro, a costa de cierto paletismo, o elegimos cosmopolitismo, a costa de la anhedonia generacional, de este ‘spleen’ con el que viven, de esta abulia tan ‘zeta’. Nuestra generación ha intentado mostrarles todo y ya da les da igual Montmartre que Haight-Ashbury, Mayfair que Tribeca. Ya lo han visto todo y caminar ciudades es, para ellos, pasear por un número infinito de pantallas similares. No hay significantes ni simbolismos entre ciudadanos de un mundo global y conectado y, si Londres era entonces la huida, hoy es solo un escenario de cartón pluma lleno de españoles que gritan.

A mí me asombraba ir a Madrid en tren con mi padre. Recuerdo perfectamente el sentimiento y creo que ellos solo podrían sentir algo así yendo a Neptuno. Quizá la única intensidad emocional que les queda sea nadar en un río, hacer chorizos, partirse la crisma con la bici o esconderse tras un chopo en la canícula de un agosto eterno. Efectivamente, tenemos niños cosmopolitas, pero la consecuencia no estaba prevista: como dice Bunbury, para un hombre de mundo, lo más exótico es volver a casa.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 21 de enero de 2020. Click aquí)