kiosco
ERIC GAILLARD-REUTERS

El pasado domingo dediqué una hora, entre las tres y las cuatro de la tarde, a intentar comprar la prensa. Comprar la prensa un domingo es el acto que más me dice acerca de una persona, de quién es, de quién quiere llegar a ser, de sus aspiraciones intelectuales, de su respeto a sí misma y a lo que le rodea. No hay mayor rebelión que levantarse de la degradación del sofá y el pijama y salir a la calle a comprar la prensa un domingo, nervioso por el acontecimiento que supone, ansioso por ese momento de soledad compartida, por ese microcosmos que formamos mis periódicos y yo; es una experiencia ritual que requiere de una preparación, de un calentamiento, de unos ejercicios de respiración, una meticulosa elección de ropa y de bolígrafo para poder subrayar y tachar como un profesor de secundaria. Luego, ya como un torero, hacer el paseíllo de casa al kiosco con los cuellos del abrigo levantados, las gafas de sol puestas y la actitud de un explorador que fuera a repoblar el Orinoco.

Porque el Orinoco despoblado es lo que me encontré mientras recorría los diez kioscos más cercanos a mi domicilio, abandonando finalmente la misión por imposible. Sepan los lectores que no hay ningún kiosco abierto un domingo a esas horas en una ciudad como Valladolid, a excepción de uno, que precisamente no vende prensa. Mucho me temo que no suponemos ninguna excepción y que este hecho es algo normal en un país que ha abandonado cualquier esfuerzo intelectual y cualquier búsqueda de referencias más allá de Buenafuente, Broncano, Wyoming y demás musas del vacío postmoderno.

Es cierto que es una hora mala, que el centro está despoblado y que la gente tiene derecho a comer con la familia, pero no deja de extrañarme que no exista un hueco para que un kiosco, solo uno, pueda asumir la demanda de prensa de toda una capital de comunidad autónoma, diga lo que diga la Legio VII. Ni el de la estación, que, por cierto, estaba repleta de pucelanos volviendo a Madrid. Es decir, no es una cuestión de escasez de personas sino de escasez de refinamiento en todos los aspectos. La búsqueda intelectual consiste en poner palos en las ruedas de los tiempos, y más si los tiempos son de Netflix y Orfidal. Lo uno para olvidar que hoy tienes una pareja a la que aguantar. Lo otro para olvidar que mañana tienes que aguantar a tu jefe.

Puedes leer dos o tres periódicos y encarar la realidad o perderte en la segunda temporada de una serie americana de brujas. Es una decisión que hay que tomar: o gregario o egregio; o domingo o dominguero. Una opción implica activar tu cerebro: la otra, ponerlo en modo pasivo. Leer varios periódicos supone el último refugio del dandy, constituye una manera de estar en el mundo y de afrontar la vida desde la aristocracia que, como decía Anatole France, no es otra cosa que la independencia de pensamiento. Precisamente por eso, por la ausencia de una y de otro, vemos los kioscos cerrados y las bibliotecas vacías. Luego, los oímos quejarse de que no hay cultura. No, señores: sí que hay cultura, lo que no hay es público dispuesto a leer algo con lo que no esté de acuerdo de antemano y que distinga la verdadera cultura –que abre dudas y que duele–, del mero entretenimiento –que inocula certezas y que, a la larga duelen más–. O, como dicen Ilegales: «No falla el vestido, lo que falla es la modelo».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 14 de enero de 2020. Click aquí)