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Foto: Ricardo Otazo

No deja de resultar poético que vendan ‘sonotones’ en el lugar en el que abrimos nuestros oídos a la música. No deja de resultar poético que ahora hagan pruebas de sonido donde tantas veces se las vimos hacer a Tete Montoliu, al Chano Lobato, a Diego ‘El Cigala’, a Nacho Vegas. El Café España es ahora un centro auditivo y no deja de resultar poético que algunos pongamos los recuerdos en silencio cuando pasamos por su puerta como quien pasa por un campo de reeducación en esta España de reggeaton y bótox.

El único amor que me interesa es el eterno y así me va. La mera posibilidad de provisionalidad hace que no te tomes en serio nada, empezando por ti mismo. Si todo es dinámico, lo primero que cae -junto al cuadro de Parménides- es tu proyección en el futuro, tu ideal de ti mismo. Cierto es que la vida real es incompatible con el amor eterno y que hay poco lirismo en el brócoli hirviendo, en la re-sintonización de la tele, en la colada ingente de camisas blancas de un hombre que merezca la pena. Pero al menos, en otros tiempos, quedaba otra vida, la estática, la inmutable, la de la noche del Café España, que estuvo desde siempre e iba a estar para siempre, como el amor cuando comienza. Pero, resultó que, al final, como el amor cuando termina: olvido, pira, silencio.

Ese lugar siempre tuvo algo de refugio contra el nihilismo y la mediocridad. Todos necesitamos algo grave a lo que unir nuestro destino para no andar por Fuente Dorada con cara de gilipollas y, a falta de mujeres como las de las películas de antes, hubo un tiempo en el que, al menos, había lugares en los que asirse a la vida sin caretas ni emoticonos y en los que abrazar la noche sin pijamas, ni mantas, ni sofá. Lamentablemente, los Goya nos han enseñado que las mujeres de las películas de hoy son una invitación a la castidad y, los bares, una oda a la abstinencia. Falta brillo en las miradas, humo en las fotos y arte en los corazones. Uno puede adaptarse a los bajos fondos, pero jamás a los bajos niveles, así que antes solo, paseando por mi barrio entre los ruidos de los trenes y las caras tristes de los viejos ferroviarios que una existencia blanda e intrascendente con bares y mujeres sin alma.

Porque amar -vivir- en estos tiempos requiere de un proceso de jibarización previo que me niego a asumir, un camino de vulgarización que te capacite para entender la tragedia del amor –la vida- como hedonismo, como permanente estado de conquista y estímulo, como si yo fuera el conductor de una montaña rusa o la vida un ‘fast pass’ en Eurodisney. Pienso seguir recordando cuando pase por los soportales de Fuente Dorada en honor de lo que aquello fue y de lo que nosotros fuimos. Quizá, la camisa blanca sea lo más cerca que vamos a estar de la eternidad en vida. Quizá tararee una de Krahe cuando la vida me ponga en mute. En ‘el España’ precisamente grabó el genio su último disco. No deja de resultar poético.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 28 de enero de 2020. Click aquí)