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El 21 de abril moría en Madrid José María Calleja, conocido periodista, columnista en esta casa y muy vinculado a nuestra tierra tanto vital como familiarmente. No tuve el gusto de conocerlo en persona, pero José María formaba parte del imaginario global de todos aquellos que nos hemos criado con el periódico en una mano y el transistor en la otra.

Calleja era un sociademócrata clásico, muy alejado del estilo de la coalición pedrista-comunista que nos avergüenza ante el mundo, como quien tiene una madre borracha. José María, y tantos otros, nos enseñaron el significado de la palabra dignidad. Se mostró siempre como un valiente contra ETA, también en los peores tiempos. Fue uno de esos vascos que plantaron cara a estos matones cejijuntos y que dedicaron parte de su vida a la defensa de la libertad y la democracia. El coronavirus se lo llevó y es una verdadera lástima, aunque me alegro de que al menos no haya tenido que sufrir el bochorno de ver al partido pedrista echar a los trabajadores españoles en manos de Bildu, porque me temo que habría sido terrible para él. No queda nada de aquel PSOE, como nos recuerda el hijo del socialista asesinado por ETA Fernando Múgica, que expresaba en una misiva a Sánchez su «profundo desprecio». El mismo que sentimos todos al oír la mentira esa de que «era necesario Bildu para lograr prorrogar el estado de alarma». Mal está perder la dignidad, pero peor está matar a la aritmética.

Ayer leía en ‘El Correo’ que uno de los hijos de Calleja ha donado los 1600 volúmenes de la biblioteca de su padre a una librería de segunda mano situada en el corazón de Chamberí. La oferta es buena: cinco libros por diez euros, incluyendo los libros dedicados, las cartas olvidadas que contendrán en su interior, los billetes de metro que harán de marcapáginas, los tickets del café del domingo en Olavide, la vida pasando por las páginas.

Una biblioteca resume a una persona. Somos lo que hemos leído. Nuestras estanterías son testigos de nuestra vida, de nuestros cambios, de nuestras inquietudes, de nuestro ansia por saber, por entender, de nuestro esfuerzo por una sofisticación intelectual que nos haga no ser como Rafael Simancas. Deshacerse de una biblioteca es deshacerse de todo. La labor de un hijo no es venderla, sino conservarla, cuidarla y hacerla crecer para que llegue a la siguiente generación en el mejor estado. Es la sangre y sus murmullos lo que late en esos libros. Abandonarla me parece una traición.

Voy a ir avisando a mi hija de que una biblioteca no solo es muestra de la trayectoria de una persona, como los anillos en el tronco de un roble. También es un ‘spoiler’ de su futuro, ese que truncó la muerte. Porque, ante todo, una biblioteca está llena de proyectos vitales que nunca se van a llevar a cabo y, si la estudiamos, podríamos ver qué quería leer Calleja, qué quería saber, qué quería haber escrito. Mi amigo David Diez me enseña en wallapop la biblioteca de un catedrático de arte románico. Mil volúmenes a la venta por dos mil euros (negociables). El saber medieval vale menos que un Clio de segunda mano. Cada tomo, menos que una caña. Está claro que en la sociedad a la que vamos, para algunos los libros no tienen valor, la búsqueda es una rareza y el saber solo un estorbo. No es de extrañar que luego les represente Adriana Lastra.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 26 de mayo de 2020. Disponible haciendo click aquí)