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Hay bares de una vez al día, de una vez a la semana, de una vez al año. Hay bares de una vez en la vida y digo más: hay bares de los que ojalá no hubiéramos tenido que salir jamás. En realidad, el pedido es lo de menos. No es tu carta lo que nos ha traído aquí, da igual el Negroni, no importa el Pimm’s N°1. No es un camarero particular, una zona concreta ni una decoración determinada. Es mucho más: el universo privado que forma todo aquello, la bebida, la estancia apropiada, el posavasos separando sueño de materia, el camarero distante, el imperceptible aire de la limpieza sin perfumar y yo. Y la mirada perdida, claro. Y la cadencia lenta al respirar, el sonido de la vida discurriendo como si esto fuera normal y no el milagro diario que se nos muestra.

Los bares son el precio del progreso y podemos medir el grado de grandeza de una sociedad observando su relación con la hostelería, que es la doma clásica del instinto. Pues claro que no tenemos sed, pues claro que tenemos comida en casa, pues claro que no hay nada más bello que tirarlo todo por la borda. Esto es otra cosa, la mirada al espejo, la sensación de estar en el lugar correcto, la experiencia sagrada, la piel suave, el bello rostro que oculta la realidad fría del cráneo. El confinamiento ha sido un acto de salvajismo, un retorno a las cavernas, un hombre que arrastra de los pelos a la vida para despedazarla en secreto. Han abierto los bares y con ellos ha llegado Roma, la sutileza de la civilización, la bandera pirata ondeando en seda en lo alto de la pirámide de Maslow.

Volvemos a sentarnos en la esquina de la barra cada mañana teniendo bien claro que es el periódico lo que pagamos, el café lo que nos regalan y la pastita lo que sobra. Volvemos a mirar de reojo al señor que lleva media hora leyéndolo entero, volvemos a hacer como que no leemos a los columnistas que mas odiamos, volvemos a sacudir cada mañana el polvo a la trinchera. Volvemos a descubrir el enorme lujo del vermú, el frenazo a las ruedas en mitad del día, la superioridad moral del sol resplandeciendo en la copa de Martini, la pierna cruzada, las gafas de sol como enmienda a la totalidad, el ocultamiento preventivo. Y los bares secretos, las mujeres tristes, la señora que sale de los análisis, los niños que meriendan con el uniforme del colegio del centro. Y los callos que he descubierto en ese bar de barrio y otro año que me he quedado sin caracoles y la espuela en la taberna de abajo, con bodegón de cazuelas de barro y ajos. Vuelve lo de siempre, lo de nunca, lo de entonces. Las terrazas han sido un mal necesario, solo Dios sabe cuánto he odiado la fase 1. Ya podemos entrar hasta el fondo de la barra, a cobijo, a resguardo de los saludos evitables, defendido de lo público y entregado a lo privado, a lo mínimo, a la clandestinidad de un par de amigos.

«El bar es ampliar el rango, entrar en contacto con el otro para, siguiendo las leyes de la termodinámica, recibir o dar calor según se necesite»

Siempre me ha parecido una ordinariez eso de que una madre es también economista y enfermera y el camarero un amigo o un psicólogo. No. Mi madre es mi madre, mis amigos son mis amigos y el camarero es otra cosa, una cosa totémica, como el hechicero de la tribu, un Panorámix cansado, un anfitrión con ojeras que te pregunta qué te apetece para dártelo todo a cambio de muy poco, un druida entregado al hedonismo como único estándar ético. Y nosotros, intentando saber cual es el nivel del bar preguntando si tienen no sé qué vino, mirando a los ojos del camarero, calculando la cantidad que queda en la botella de Campari para saber cuando fue la última vez. Adaptándonos en un par de segundos, como hacemos siempre con el interlocutor. Quizá solo eso sea la clase: saber disfrutar de la barra del hotel y de la tasca sin perder en ningún caso nuestra esencia.

El bar es ampliar el rango, asomarse al burladero, entrar en contacto con el otro para, siguiendo las leyes de la termodinámica, recibir o dar calor según se necesite. Y todo eso sin termómetros ni contratos. La cuarentena era solo un eufemismo: sin bares no hay paraíso. Y hoy por fin se abren las puertas del cielo para mostrarnos lo que ya sabía Aristóteles: que no somos más que animales sociales, que esto solamente tiene sentido si hay alguien al otro lado del telón y que el bar es el escenario desde el que, cada día, asistimos a este glorioso teatro.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el día 20 de junio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)