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Un poeta es alguien que escribe poesía. Un poeta no es una persona con una visión más o menos poética de las cosas, con una sensibilidad especial en la mirada o con una pose lírica en las actitudes. No. Un poeta es quien –con mayor o menor acierto- escribe poemas. Del mismo modo, un escritor es quien escribe prosa y un dramaturgo el que escribe teatro. Un músico es quien compone o interpreta música y un pintor el que pinta cuadros.

Un turista es una persona que está de paso en un lugar que no es el suyo, comprando fotos al por mayor, rentabilizando su inversión, viendo a través de la réflex las cosas que ya había visto a través de la pantalla y subiendo postales a Instagram, sin enterarse prácticamente de nada. Un turista hace cosas de turistas, tiene prisa por ver lo que marca la guía Lonely Planet en el tiempo preciso que marca para ello: Portobello los sábados, el Rastro los domingos. Un turista, así, no es un viajero. Un viajero es un habitante temporal, un viajero es otra cosa. Un viajero busca puntos de vista propios en tierra ajena. Busca experiencias, busca sentir. Busca ser.

Un gilipollas es lo que resulta cuando un turista llega al arte, a la Cultura -perdón por la mayúscula. No son artistas, solo fingen serlo. Quieren vivir como artistas, rodeados de artistas, haciendo cosas de artistas. Visten como visten los artistas el domingo, pero se les olvida el mono de trabajo los lunes. Son holgazanes que, en lugar de trabajar, hablan de lo que quieren hacer cuando trabajen, piensan en cómo orientar su obra, planean el siguiente paso, encuadran su estilo, trabajan la corriente en la que se van a enmarcar, matizan su disfraz. Suelen ir en manada; así, los puedes ver debatiendo entre ellos, inaugurando bares y cerrándolos, los puedes ver en el pre-show y en el after-show. El show es lo de menos. Tienen mil iniciativas, entre las que no se encuentra trabajar. Quieren ser confundidos con artistas, con intelectuales. Les basta parecerlo: serlo está sobrevalorado.

Además, está el desprecio con el que nos tratan al resto, a los que no tenemos el nivel para entenderlos. Si lo tuviéramos, ellos triunfarían, y como no triunfan, cierran el silogismo por la vía rápida. Triunfar, por cierto, que para ellos no implica que el mercado pague por disfrutar de su obra lo suficiente como para poder dedicarse a ella por completo, ni recibir reconocimientos. Triunfar tampoco consiste en conseguir un lenguaje propio, un universo genuino ni alcanzar la libertad creativa.No. Triunfar es recibir una subvención, es decir, vender al ciudadano, pero a punta de pistola.

El otro día, la diputada de la asamblea de Madrid, Clara R. San Miguel, nos decía que Quevedo y Yung Beef son igual de Cultura española, dando a entender que todo es Cultura y que hay cierto elitismo en la consideración de alta cultura frente a la baja cultura, la popular. Bien, yo quería decir a Clara que es exactamente así, que la Cultura no es democrática, ni igualitaria ni nada parecido. No es que haya una Cultura elitista, es que la alta cultura es en sí misma la elite, la propia elite, la parte de arriba, los mejores. No se puede confundir a la gente igualando todo y hay que diferenciar Cultura de entretenimiento. La cultura sólo es cultura si es aprendizaje interiorizado. La cultura, para ser cultura, debe doler porque debe despertar una pregunta, una duda, donde antes había una certeza. O llenar un vacío, lo que conlleva la preexistencia de dicho vacío y su reconocimiento. Interiorizar el aprendizaje es un esfuerzo. Tiene que haber una búsqueda, una acción basada en una omisión previa. Yung Beef no es eso.

Ni yo tampoco, Clara. Yo no soy Cultura. Me inhibo. Me libero de tan pesada carga. No soy lo mismo que Quevedo. No soy un intelectual. No tengo un sistema de creencias, una cosmovisión o una explicación de las cosas que merezca la pena reseñar. No soy un pensador. No soy tampoco lo mismo que Yung Beef, de verdad.

Que los verdaderos artistas, creadores e intelectuales nos perdonen. Que Cervantes, Shakespeare, Goethe y Moliere nos protejan. Que Lope, Galdós o Flaubert sean indulgentes con nosotros. Que Juan Muñoz, Chopin o Bacon nos iluminen el sendero hacia la biblioteca más cercana, que es donde algunos tienen que estar y donde, seguramente, jamás habrán pisado. Están en el bar, esperando a que les hagan un homenaje. Para ese día tienen elegido ya sombrero. Y matizado hasta la perfección el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. Creo que a alguno le darán el escaño G.

G de Gilipollas.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 27 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)