bb

Uno no puede evitar preguntarse qué estaría buscando exactamente Juan Carlos I a través de esos negocios de los que obtuvo, presuntamente, comisiones millonarias. Un rey no tiene negocios. Un rey no tiene comisiones. Un rey no tiene intereses más allá de los del país cuya jefatura de estado ostenta y un rey emérito es todo lo anterior, pero, además, con la tranquilidad de no tener nada más que hacer que estar callado, sonreír, posar para el retrato, escribir sus memorias junto a la hoguera, hacer carantoñas a los nietos y poner buena cara para la foto de cada verano en Marivent. Y luego, en temporada baja, ya alejado de los focos y del ruido mediático, cazar unos ñúes, subirse al barco de un amigo para disfrutar como espectador de la vela, visitar Vega Sicilia, beberse un par de vinos de más cuando no le vea Sofía y esperar a las niñas con un chocolate caliente en el refugio de Baqueira.

Y el resto del tiempo, a la ópera, al palco si hay Eurocopa, a saludar a la delegación española en los Juegos Olímpicos, a Mugaritz en otoño y poco más. Y si necesita más pasta, pues se pide con luz y taquígrafos, aunque honestamente no entiendo para qué quiere más dinero que el que generosamente le asigna la Casa Real -es decir, su hijo, y proveniente de los Presupuestos Generales del Estado- un octogenario que vive en un palacio. Desde luego, no se espera de un monarca que lleve esta vida como de Espartaco Santoni. Vivir tus últimos días así deja entrever que siempre has querido vivir así y no has podido. Y eso te convierte en un hombre esclavo de tus pasiones y con ciertas actitudes irresponsables que denotan una escasa preparación humana.

Me apena mucho hacerme estas reflexiones, porque Juan Carlos I ha sido ‘El Rey’ como Juan Pablo II ha sido ‘El Papa’. Un reinado eterno, lleno de luces, de admiración internacional, de consenso interno. Ha hecho historia, ha traicionado al régimen de Franco para servir al pueblo, ha traído una democracia que parecía imposible, ha parado un golpe de estado y ha realizado su trabajo, en líneas generales, de modo intachable. Pero según parece tenía que estropearlo todo al final con una Mata Hari de tres al cuarto y unas comisiones como de bróker estresado que hace yoga los martes. Si Juan Carlos de Borbón puede destrozarse la vida por una mujer, imagínense a los demás, míseros bípedos sin corona. Tampoco soy capaz de entender qué lleva a un anciano a ciertos escarceos amorosos con señora de reputación cuestionable, teniendo a Sofía de Grecia en casa, a un hijo reinando y a una nieta mirando. Llámenme raro pero mi manera de demostrar cariño y respeto a mi hija va a tener como punto uno no destrozar con corruptelas el legado que un día le habré de entregar. El punto dos será mantener la bragueta cerrada. No parece demasiado.

No podemos caer en el relato coletopopulista. El reinado de Juan Carlos I no debería verse enmerdado por estos -graves- errores en los minutos de la basura. Pero la cosa es que, por mucho que lo repitamos, es imposible no estropear el relato y a un rey se le presupone la suficiente inteligencia como para saberlo. No es Iglesias quien ha puesto en peligro la Corona. No es Alberto Garzón quien ha jugado con la estabilidad de nuestro sistema. No son Rufián, ni Urkullu ni Otegi los que han hecho tambalear los cimientos de la monarquía constitucional. Ha sido Juan Carlos I quien, con sus actitudes irresponsables y alejadas de la honorabilidad que se le exige ha perjudicado los intereses de su hijo, de su familia, de su país y de todos aquellos que nos hemos desgañitado defendiéndole. Y ahora, que la monarquía sea algo que solo defiende la derecha o que la defendamos todos menos Podemos y separatistas depende solo de Pedro Sánchez que, gracias a Dios, en este tema está sabiendo comportarse. Pero ya sabemos que no es de fiar. Si el futuro de la monarquía está en la mano de Sánchez, la situación es trágica.

Es evidente que hay mucho más de lo que sabemos, que puede ser una trampa, que huele a cloaca que apesta, que estamos en el medio de una partida de ajedrez de la cual no sabemos ni quiénes la están jugando, ni cuántas fichas les quedan. Pero es igual de evidente que si no caes en la trampa, la partida termina en ese momento y mira que me desquicia cuando me sale este tono de editorialista de la transición, pero estoy de mala leche, no puedo evitar sentirme traicionado y me saca de quicio la carita de ‘ya os lo dije’ de ciertos cantamañanas.

Nos estamos jugando mucho, esto no es un asunto de prensa rosa. Sin monarquía no hay Constitución, sin Constitución no hay España y sin España no hay libertad. Por eso, defender a la monarquía es un asunto prioritario, estratégico. Es el asunto más importante de cuantos tenemos en la mesa. Y en esa mesa, sabemos de sobra luchar contra nuestros enemigos. Para lo que no estábamos preparados es para luchar contra nuestros amigos, esos que, con sus declaraciones absurdas, defendiendo lo indefendible y comparando con los Puyol y con los ERE de Andalucía fabrican republicanos por miles. Es de vergüenza ajena. Pues claro que no es lo mismo. Puyol es un paleto cleptómano. Los de los ERE andaluces unos corruptos y unas sinvergüenzas. Pero a Juan Carlos un día le enterrarán en El Escorial. A ver si se creen que los hombres libres hacemos reverencias a cualquiera.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 7 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí)