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No sé en qué momento exacto Chapu Apaolaza decidió que la mejor manera de lidiar con mi vértigo era aplicar una técnica rápida y agresiva consistente en escalar juntos el Monte Urgull, como si yo fuera Juanito Oyarzábal y él mi sherpa. Y junto a nosotros su perro Lur, claro, que tiene más rizos que yo y hacía el papel de San Bernardo pero con txakolí en lugar de whisky. Supongo que Chapu será seguidor de alguna corriente psicológica conductual consistente en enfrentar a la persona a su mayor miedo de modo que alcance su pico de ansiedad cuanto antes. Y a otra cosa. La cosa es que resulta y ya estoy pensando en contratarlo como apoderado, de esos de los de antes, que te llevaban a una finca y te hacían lidiar con tu miedo acercándote al cuatreño hasta que te moche suavemente la pierna, convirtiendo al hasta entonces terrible Cuadri en un entrañable y juguetón cachorro de Labrador. Desde luego, no sé qué debe sentir el torero en esa situación, pero dudo que sintiera la relajación que yo sentí al entrar en el Ganbara. Ni medio kilo de opiáceos podrían lograr el efecto de ese txangurro y esos hongos que nos prepararon Edurne y Amaiur, con la corrección formal y la ausencia de flamenquismo del que se sabe poderoso. Los grandes chefs miran como miran las mujeres bellas, desde arriba, desde dentro, desde siempre. Saben lo que estás pensando y aguantan la mirada porque son conscientes de que te someten sin bajar la mano. Y nosotros dos, que tenemos la casta por castigo y nobleza para exportar, obedecemos, pasamos por el aro, nos dejamos someter y nos crecemos en el castigo. Cambiando banderillas negras por las de la alegría.

Creo que, si le hubiera dicho, por ejemplo, que tengo miedo al agua, me habría llevado a nadar junto a tiburones. O a pescar sepias a pulmón, vaya. Doy gracias porque este año no hubiera encierro de Miura, que si no me veo protagonizando la portada del Diario de Navarra con una carrera tan prodigiosa como heterodoxa. Lo de curar mi miedo a los grandes espacios abiertos a través de una panorámica cenital del Cantábrico en la que llegamos a ver Vizcaya, ya tal. Ahora que lo pienso, creo que el muy canalla lo tenía preparado, era todo una performance. Si no, ya me dirán qué hacía aquel aborigen vasco-australiano invocando a sus dioses en lo alto de la rampa aquella de la muerte. Que oye, llámenme raro, pero si la rampa se llama ‘de la muerte’ yo sospecharía algo. Y luego a buscar la tumba de un caballo carlista en el cementerio de los ingleses. Juro que no miento.

Yo iba preparado para una cita normal de las de paseo, caña y pincho, vaya. Una cosa socialdemócrata y mundana. Y terminé casi con mi primer ochomil. Pero funcionó, oye. Se me quitaron los miedos de golpe. Pero todos, vaya. Hasta el miedo a escribir, sobre todo ese. Y ni siquiera eso fue lo más raro de mi cita. Lo más raro fue encontrarme con un tipo mucho más grande de lo que parece, que ya es decir. Un tipo brillante, educado, rápido, culto y muy generoso. Habíamos hablado varias veces antes, no sé a santo de qué, pero Chapu en persona gana. Todos los grandes son humildes. Todos los grandes te hacen sentir grande. Todos los grandes te tratan de igual a igual, pero solo Chapu te hace, además, sentir en casa en lo más alto de tu vértigo. Solo Chapu te dedica un par de horas como quien te dedica un libro, como quien te brinda un toro en Las Ventas. Otro abrevia, hace una faena de aliño, pero solo Chapu te sube a Urgull, supongo que porque solo ahí arriba se puede estar a la altura de las expectativas.

Y esta noche estaba pensando que Chapu resume, mejor que nadie, España. Un donostiarra que se va a estudiar a Pamplona, empieza a escribir en La Voz de Cádiz y vive en Madrid. Eso es España, la universalidad del localismo, huir del paletismo de la autorreferencia, salir del disfraz ese que tiene tu mismo rostro y disparar a las rodillas a la parodia de ti mismo en la que corres el riesgo de convertirte si escuchas a quien no debes para ser quien en realidad no eres. Se puede ser más vasco que nadie, como lo es Chapu, sin una concesión al graderío. Se puede ser más madrileño que nadie, como lo es Chapu, sin vestirse de Pichi ni decir ‘ejque’. Se puede –y se debe– ser gaditano en Donosti y de Amara en El Puerto. Se trata de mirar de frente, dar las ventajas y hacer que el toro –la vida– pase por donde quieres que pase, sabiendo que probablemente no lo haga. Y entonces estás muerto. Y ya. Esa es la verdad del toreo –de la vida–. El resto es pegar pases, y Chapu no pega pases, yo lo he visto, entre gildas y guindillas del Tamboril. Le he visto la cara al untar el pan de pueblo en la salsa de los champiñones y compartirla con Lur. Porque yo sé que Chapu, delante de mí, frente a mí, en mi presencia, no solo comía pan. Chapu, recién llegado a su ciudad, estaba sintiendo todos los recuerdos, estaba viviendo entera su infancia, abrazaba como nunca a sus padres. Estaba lidiando con la culpa eterna del donostiarra herido de nostalgia que tiene la valentía de no volver, mientras vuelve. Esa y no otra es la prueba de la verdadera aristocracia, la independencia de pensamiento, la apuesta por la libertad, subir a Urgull para gritar al oído a un castellano de Valladolid que hay silencios escandalosos, que hay generosidades que solo se entienden si son recíprocas y que el dolor es la arruga del estilo, y que ese es el único compromiso. A él nos debemos mientras ocultamos el miedo de la columna nuestra de cada día y sonreímos a la vida por permitirnos hacer el paseíllo con semejantes maestros.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí).