Plenary session at Lower Chamber
EFE/ Emilio Naranjo

Bosé se ha hecho anti vacunas, anti mascarillas y anti 5G, que es como una especie de nuevo ‘terraplanismo’ pop. Loquillo pide disculpas por ser el macarra que siempre ha sido y abandona, de facto, la ‘rock and roll actitud’ que pregona, no sea que se ofendan los ayuntamientos y le cierren el grifo dorado del dinero público por culpa de un indignadito con el puño el alto y conciencia twittera de clase. El populismo podemita clama por el cierre de los burdeles, porque las mujeres son dueñas de su cuerpo solo para lo que diga Irene, es decir, para para abortar y para llegar a casa solas y borrachas. La presión social obliga a retirar la campaña de vuelta al cole de ‘El Corte Inglés’, no sea que algún niño se ahorque por culpa de un ‘teaser’ mal cerrado. Se tiran estatuas de Cervantes y Fray Junípero Serra por esclavistas, de modo impune, sin posibilidad no ya de replicar -no es debatible- sino de educar, de llevar conocimiento a la oquedad y luz a la tiniebla. El otro populismo, el de derechas, carga contra Marisol por ser comunista, como si fuera ilegal y vemos como se tiran unos a otros la paradoja de Popper a la cabeza. Se juzga todo el reinado de Juan Carlos I sobre la base de sus aventuras extra matrimoniales, con un tufo moralizador que repugna. No creo que se atrevieran con su tatarabuela Isabel II. Se tacha de asesinos a los aficionados a los toros, obligan a toda ‘celebrity’ a apoyar el movimiento ‘Black Lives Matter’ so pena de muerte civil. Casi se cargan la publicación de las memorias de Woody Allen por culpa de una estúpida caza de brujas sin sentido y sin causa y el ‘Me Too’ machaca a Plácido Domingo por haber intentado ligar con quien le haya dado la gana durante toda su carrera.

Toda esta ponzoña nos muestra que estamos en un nuevo puritanismo, en un puritanismo de trinchera, de charca maloliente, de incapacidad intelectual, de estrechez de miras y de aguas estancadas. Lo peor es que afecta a todos, incluso a gente anteriormente abierta y tolerante. Es algo transversal, un signo de este tiempo, algo que alcanza a todo el espectro ideológico. Por ello, resulta igual de fácil arremeter contra unos como contra otros, como si todos no fueran, en realidad, los mismos, los puritanos de todos los partidos, los peores, los que con su sistema ideológico completo, perfecto y omnicomprensivo se sitúan como los garantes del bien, de lo correcto, de lo químicamente puro frente a los otros, el mal encarnado, los liberticidas, los culpables. ¿Es la derecha, entendida como una cosmovisión conservadora, lo primero y la izquierda una reacción subsecuente contra esa derecha primigenia? ¿Es, por el contrario, la derecha entendida como la defensa de la libertad y del individuo una reacción frente a la izquierda preeminente entendida como un colectivismo garante del estado opresor, es decir, del poder? ¿Qué es antes, el huevo o la gallina?

Pues no lo sé y me importa poco, porque la realidad es que todos se consideran a si mismos el gallo, se sitúan en un punto y escarban con la espuela en su miseria y su fango hasta llegar al manantial. Ese es el verdadero puritanismo, el de la radicalidad de la pureza, el que niega la mano al adversario, el del jingoísmo belicoso, el de la guerrilla ideológica global que lo inunda todo, el que desde la supuesta supremacía moral niega toda razón al resto, al que no piensa exactamente igual, al que no compra todo el lote. El puritanismo que niega al otro incluso su derecho a existir, a ser, a discrepar.

Yo me rebelo contra la mediocridad, la vulgaridad y la pequeñez de mi tiempo. Los puritanos son los enemigos, da igual donde estén. Los cortos de inteligencia y de bondad son los sepultureros de la cultura, de la convivencia, del porvenir. Por eso, si queremos ser libres, es el momento de liberarse del peso de los tuyos, huir del veneno de la pureza. Tiene que merecer la pena dejar de hablar como un ultrasur en el parlamento y no se puede ver como fuerte a quien declama odiando, despreciando, lanzando por la boca nubes, rayitos y calaveras como en los comics. Esos no son los fuertes, los valientes, los versos sueltos. Esos son los débiles, los cobardes, los pequeños, los versos hueros, los contrarios a la transición, que si fue algo fue una pira total de los puritanismos.

Solo cediendo y abandonando tu posición inicial puedes llegar a un acuerdo, lo que necesariamente obliga a corregir tus puntos de vista de base, tu puritanismo de partida. No tenía razón Fraga en aquella definición de consenso: «entre una idea buena y otra mala, en ocasiones se pacta una idea regular. Eso es el consenso: lo mediocre». Justo al revés, lo mediocre es creerse con toda la razón y entender la actividad política como una vía para imponer tu criterio en lugar de una fórmula para organizar la convivencia y lo público que, necesariamente, obliga a buscar espacios de acuerdo.

El puritanismo es mediocridad, es intransigencia y no se puede avanzar desde la intransigencia de unos y de otros. No se puede aplaudir el discurso agresivo, fanatizado y ultra, ese que busca enfervorizar a puritanos con cabezas jibarizadas. No se puede aplaudir con ese fervor como de baba caída a discursos de sargento chusquero de pueblo. El puritanismo es un freno, una traba al avance y al progreso, sea este entendido como sea y sustentado en los valores que sea, incluso en los de la propia tradición. Cuando manda el puritano, manda el mediocre, el menos creativo, el olor a naftalina y es entonces cuando aplaude el necio, y aplaude como aplaudían los conversos, para mostrar públicamente su condición de pureza. En este caso su adhesión al cafre. Su cafrería.

Necesitamos valentía en nuestros artistas, en nuestros escritores, en nuestros políticos. De los intelectuales no espero nada más que silencio. Necesitamos valentía para liberarnos del puritanismo esclavizador de los nuestros y romper la mordaza autoimpuesta para ver quien es más puro, es decir, más tonto. Uno puede estar en contra del comunismo o del liberalismo, del nacionalismo o de la socialdemocracia sin negar al otro el derecho a tener esa mala idea, respetando al ser humano que hay delante, tomándose unos vinos con el rival y, si se tercia, incluso casándose con él. ¿O estamos llevando a la sociedad a un nuevo apartheid? El apartheid ideológico de ‘estos putos rojos’ y ‘estos fachas de mierda’, donde ‘putos rojos’ o ‘fachas de mierda’ son todos menos tú y tu jefe.

Me temo que no hay otra. La alternativa es la represión, la persecución puritana. Decía Hipólito Taine que «el puritanismo es la muerte de la cultura, de la filosofía y de la cordialidad social; es la característica de la vulgaridad y de lo tenebroso». Voy más allá. El puritanismo que vivimos es, a la larga, la muerte de la convivencia. Es decir, el fin de la democracia.

(Esta columna se publicó originalmente en El Debate de Hoy el 29 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí)