Yerra quien espere volver al punto de partida. No hay punto cero, no hay retorno posible, el devenir es imparable y todos salimos de viaje una mañana allá por marzo, aunque lo hayamos borrado de nuestros recuerdos para quitarlo importancia. Nunca más volveremos a tener un mundo sin covid-19. Es importante explicar esto a todos, sobre todo a los más pequeños, porque cualquier otra opción llevará irremediablemente a la frustración. Peor aún: porque es mentira. No habrá un mundo sin coronavirus del mismo modo que no hay un mundo sin cáncer, sin alzheimer o sin diabetes. Y ni si quiera una vacuna garantiza nada, ya que un tercio de la población se niega a ponérsela. Y entre los que se la pongan veremos interacciones con otros medicamentos, efectos secundarios no observados, gente vacunada que se contagia, un señor de Murcia cuyos anticuerpos no pueden con el virus, otro de Badajoz que es inmune sin aparente causa y demás casuística castiza. Veremos peleas a ver quien se la pone antes, si por lo privado, si por lo público, a qué precio, un laboratorio que nos engaña, peleas entre países y entre comunidades para comprar las primeras dosis, colas interminables, tráfico negro, negacionistas y el mosaico habitual.

Tampoco el tratamiento, cuando exista, garantiza nada. En ocasiones no funcionará y no se sabrá por qué. En otros casos, se llegará tarde. Los asintomáticos seguirán siéndolo. Y aunque tuviéramos vacuna, tratamiento y PCR diaria, como en el caso de la gripe, morirán miles cada año. Perdón por la franqueza, pero esto es lo que hay. Esta enfermedad ha venido para quedarse y vivimos en un mundo post covid-19. Mientras los científicos avanzan, nuestra labor como sociedad es seguir, seguir viviendo, seguir cumpliendo con nuestra obligación, seguir trabajando, seguir yendo al colegio, extremar las precauciones, seguramente cambiar nuestro modo de enfocar el ocio y adaptarnos por fin a la realidad que tenemos, sin más delirios ni nostalgias, que no solo no ayudan en nada, sino que, además, tienen la forma de un palo entre las ruedas.

Todos vamos a contagiarnos antes o después. Lo que estamos intentando es no hacerlo todos a la vez y que no colapse la economía, porque sin economía no hay sanidad pública y sin sanidad pública caemos todos. Así que si queremos servicios públicos dejen la performance progre y abracen el capitalismo. Los estudiantes deben volver al colegio ya para formar futuros profesores, enfermeros y médicos, mientras mejoramos el sistema, que desde luego no está pensado para una situación como esta y cuya viabilidad a largo plazo es más que cuestionable. El plan no es perfecto, pero no hay otro. ¿O, si no, a qué estamos esperando exactamente? ¿Cuál es el hito que haga a todos los padres interpretar el plan como perfecto y llevar a los niños al colegio sin miedo si ya tenemos claro que el virus no va a desaparecer jamás? ¿Realmente la sociedad piensa que alguien puede repensar todo un modelo educativo, hacerlo digital, online y al aire libre, duplicar profesores, construir colegios, regalar ordenadores y acabar con el virus en las aulas en un verano? ¿Hasta estos límites de infantilismo hemos llegado?

La seguridad total ya no existe. Y lo que es peor: nunca existió, aunque en Occidente no nos enteremos de nada y vivamos de espaldas a la realidad del ser humano. Nuestra fortaleza económica no es capaz de tapar nuestra debilidad crónica como sociedad cuando llegan los problemas reales.

Muchos se contagiarán. Algunos, desgraciadamente, fallecerán. Ninguno queremos que esto nos suceda a nosotros, pero es lo que hay. El ser humano muere de cáncer, de enfermedades coronarias…y de Covid-19. Y esto no puede paralizar la educación de todos ‘sine die’ ni el trabajo a través del cual servimos a la sociedad. No se trata de no tener miedo. Se trata de aprender a vivir con él.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de septiembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí)