«Vendo plataforma vibratoria y alguna cosa más. Pantalón dorado. Zapatos de senderismo. Botas altas, color beige».

El texto azul está escrito a mano en un papel tamaño cuartilla que me he encontrado pegado a una tubería en Puente Colgante, junto al bar Estadio. Es un anuncio rudimentario pegado sobre una superficie curva, por lo que no se puede leer en su totalidad a no ser que te acerques mucho y acompañes el giro del canalón con un giro idéntico de tu cuello. La grafía es de persona mayor y todo está escrito en mayúsculas, menos la letra ‘t’, no tengo muy claro por qué y no tengo ninguna teoría al respecto. La persona que lo ha escrito ha hecho tres pequeños cortes en la parte inferior del papel y allí ha escrito su teléfono para que, quien pueda estar interesado, arranque solo un trocito y el resto del anuncio se quede en el canalón. Así lo ve más gente del barrio. Nunca se sabe.

Cuando lo leí, pensé en un viejete con problemas económicos. Digamos que Eliseo. Pero luego, de vuelta a casa, me di cuenta que no era solo eso. Es posible que Eliseo sea un viejete con problemas económicos, sí, pero Eliseo es, sobre todo, un viejete viudo, un viejete al que la covid-19 le ha arrebatado a su mujer. Digamos que Felisa. Eliseo no sabe qué hacer con las cosas de Felisa y ha decidido vender lo poco que tenía de valor, como la plataforma vibratoria que ella compró en Teletienda y gracias a la cual movía un poco las piernas mientras veía la tele por la tarde. Por el tema de la circulación. 

Todo esto fue antes de caer enferma. Empezó por un catarro y el final ya se lo imaginan, pero al fin y al cabo quién se iba a imaginar que aquello era lo que era. Junto a la plataforma, Eliseo se deshace del pantalón y de las botas que ella utilizaba para salir a dar un paseo juntos por el río los sábados por la mañana. Y claro, ya puestos, vende también sus propias botas. Ya se le han quitado las ganas de dar ese paseo solo nunca más. Sin ella no es lo mismo.

Me lo he encontrado de casualidad, pero no me lo puedo quitar de la cabeza desde hace unos días. Ese anuncio me hace llorar de pena, esa textura de papel mojado que se ha vuelto a secar, me produce ternura. Creo que Eliseo no tiene hijos, por eso no ha podido utilizar una aplicación digital para vender las cosas. O un simple ordenador para escribir su anuncio bien. Él está solo y yo soy capaz de ver la bolsa en la que Eliseo tiene todo preparado junto a la puerta, por si alguien llama. Imagino la temperatura tibia de su superficie y las marcas de haber estado doblada antes en un cajón. Esa bolsa es el final de un cuento, el resultado de una historia.

Miro de nuevo el anuncio -he hecho una foto- y veo mi infancia. Hay una parte de España que se está yendo y que jamás volverá. Una parte de vida que me había olvidado haber vivido, la de cuando Felisa y Eliseo eran más jóvenes y todo empezaba, la del R-12, la vajilla de Duralex, las estanterías con la Biblioteca Básica Salvat, dos orejeros y una mesa camilla. Me veo sentado en ese orejero, encima de mi abuelo, sobre el tembleque del párkinson de sus últimos días. En esos dos orejeros han pasado media vida dos buenas personas. Están muy juntos entre sí, porque Eliseo y Felisa se querían mucho. Siempre que veían la tele, ella le acariciaba a él con un dedo la palma de la mano, por debajo, sutilmente, mientras él comía nueces. Por debajo de la escena, a los pies del sillón de Felisa, la plataforma vibratoria. El suyo es el de la derecha, el que está más cerca de la cocina, más cerca del mando a distancia. Así, al levantarse en los anuncios, no despertaba a Eliseo.

Estoy por llamar y comprarle todo. Y, de paso, ofrecerme para ir a dar un paseo con él los sábados por el río y tomar luego un clarete juntos. Donde unos ven cincuenta mil muertos, yo veo cincuenta mil viudos y cincuenta mil plataformas en venta. Y un país que se vende por no llorar.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 22 de septiembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí)