EFE/Alejandro García

Dudo mucho que el Gobierno caiga en el error estratégico que para sus intereses supondría retirar la cruz del Valle de los Caídos. Esto tiene pinta de señuelo, de agitación trilera. Como decía Simeone, en la banda en la que no está la acción, está la distracción, que es donde nadie mira y donde surgen las oportunidades. La realidad es que a esta izquierda le interesa mantener viva esa cruz como símbolo de ese victimismo vital que es, a la larga, su mayor fábrica de votos. Así, mientras todos miramos la cruz, la bolita roja se mueve libre entre las cloacas. La otra banda. Solo que se equivocan: las víctimas de la Guerra Civil y de los cuarenta años de franquismo no son solo las personas de izquierdas sino todo el país, de todos los bandos, confesiones e ideologías. También los católicos. Sobre todo los católicos, que vemos cómo se utiliza la cruz -nuestra Cruz- para agredirnos con ella.

Como es costumbre, una parte de la derecha de este país no es capaz de entender ciertos conceptos y cae una y otra vez en la trampa que le tiende la izquierda, como el Correcaminos riéndose del Coyote, capítulo tras capítulo, por su previsibilidad, estrechez de miras e irrefrenable adicción a la derrota, que ven como victoria o, peor aún, como ‘guerra cultural’, que es el concepto en el que ahora se han apalancado. Yo no tengo ni idea de a qué se refieren concretamente, más allá de un romanticismo idealista pasado de moda que nos aleja de lo práctico y lo racional, es decir, de la base de la política sensata. Es decir, del eje conceptual de la derecha. De cualquier modo, me pregunto dónde acaba esa supuesta guerra cultural y empieza la guerra civil.

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