Vienen por Labradores los profesores fantasmagóricos, las empleadas pobres de los comercios pijos y la lluvia blanda. Vienen también dos monjas negras que han venido a evangelizarnos, un taxista que se jubiló en verano y una mujer con pinta de puta. Hay dos niños que salen del túnel con cara de no ser conscientes aún todo lo que significa el túnel. Traen un balón, un patinete, dos mascarillas. Y viene también un chico que deja fuera al pitbull y entra a un salón de juego. Lo que no veo son funcionarios, no vienen funcionarios desde Las Delicias, se fueron todos en cuanto juntaron cuatro perras y pudieron abandonar el barrio de sus padres hacia el oasis social de una hipoteca entre el río y la vía. Y ahora Labradores es la Puerta de Brandenburgo, una frontera repleta de autobuses empañados, atascos los martes, duelos y quebrantos los sábados y ese olor perenne a adrenalina gris que deja tras de sí el tráfico lento. 

Por la calle Tudela vienen y por la calle Tudela no caben: los parados en chándal, las dominicanas que se olvidaron de la bachata con el primer ‘erte’, las viejas que empujan el carro de la fruta en vez de tirar de él, dos chavales con tatuajes en la mano que vapean marihuana y también viene Nelson, que me trajo la comida en bici el domingo pasado. Es él casi seguro.

Todos desembocan en Cruz Verde, que es el desagüe de un fregadero con dos bocas, un doble sumidero con estanco, un espacio retórico que da paso al centro a los vecinos de Delicias, Pilarica, Pajarillos, San Isidro, Circular y Vadillos. Todos acaban en Mantería, que es es Friedrichstrasse, una aorta de este a oeste en la que sale el sol por un extremo y se pone por el otro. En ambos casos, en Mantería el sol te quema las retinas y es para que no veamos la que se nos viene encima. 

Detrás, la calle Vega, donde un hostelero con la mirada perdida abre cada mañana y vende café para llevar. Ha puesto una mesa como advertencia, una metáfora empalizada, una trinchera inversa. Allí está sentado en un taburete alto en el que pasa las horas sujetándose el mentón con un brazo gigante que le va a morir en el muslo. Tiene la mirada perdida, una mirada de ave en la noche que observa con detalle la nada en pleno día, mientras piensa qué va a llevar a casa mañana. Abre porque no puede estar en casa por los nervios, creo. Abre para lidiar con el miedo haciendo como que hace algo y pintando en la pizarra con tiza verde que vende café para llevar y otras ofertas imposibles. No encuentro sentido empresarial a ninguna de las decisiones, pero si para un cliente un bar es más que un proveedor de café, imagínense lo que será para su dueño. Algo caerá, al menos algo más que si se queda en casa, sentado. Es una acción ansiosa, desesperada, como cuando el portero sale a rematar un córner en el minuto 90 porque ya da igual uno que dos. 

La calle está llena de manos que pasean cafés que no apetecen. No se compran por la cafeína sino por las miradas perdidas y porque nos da igual ya uno que dos. De hecho, llevo cinco cafés encima y los que quedan. De aquí no me muevo hasta la hipertensión o hasta que pite el árbitro. Lo que antes suceda.

(Esta columna se publicó originalmente el 17 de noviembre de 2020 en El Norte de Castilla. Disponible haciendo clic aquí).