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El martes hizo veintiún años que nos dejó Enrique Urquijo, aquel chico normal con la mirada triste clavada en el suelo y las manos cosidas a los bolsillos, como si estuviera sujetando algo que se le iba a caer por un agujero del forro. Quizá fuera el corazón. Hace ya veintiún años de aquello y hace ya veintiún años de casi todo, que diría Gil de Biedma. Era 1999 y yo aún no era yo. Por su parte, ella aún era ella y, claro, pasó lo que tenía que pasar, es decir, nada. Siempre todo a contratiempo, como si sincopando la vida fuéramos a encontrar el compás de una partitura a dos manos. No teníamos aún euros, pero no nos faltaban mil duros en el bolsillo y un vientre en tabla. Y un Vespino negro, claro, porque, entonces, además de estudiar, trabajábamos, nos enamorábamos y nos emborrachábamos. Y nos daba tiempo para hacerlo todo. Todo mal, claro. Todo a medias. 

Enrique murió en el número 23 de la calle Espíritu Santo, que bien pudiera ser la calle del olvido, en el corazón de Malasaña. Les advierto que, si van a buscarlo en Google Maps, el edificio aparece pixelado, como si hubiera un consenso para ensombrecer las sombras, para tapar con arena el olor de la adrenalina que aún se siente por todo Madrid desde que nos enteramos. Es una adrenalina de miércoles de noviembre, una adrenalina de muerto. Una pena inmensa. Llevaba dos días desaparecido y todos nos imaginábamos lo que estaba haciendo porque en el cadáver se encontró lo que se encontró y no quiero entrar en detalles porque, en realidad, eso es lo de menos. Lo importante es que nunca jamás superó la falta de amor y ya está. Siempre se dice que de todo se sale, que es cuestión de tiempo, que un clavo saca a otro clavo, pero es mentira, no se sale de todo, nunca es cuestión de tiempo y a veces, los únicos clavos que tenemos son los que nos unen a cada uno con nuestra propia cruz. La suya era una cruz de desesperación en una vía dolorosa sin samaritanos ni verónicas. Si acaso, ladrones buenos. Y también de los otros.

Enrique no pegaba en una movida llena de glam, crestas, maricas y pelos de colores. Enrique era la movida sin movida, un tío normal al que se le caía el talento de las manos sin tener que hacer aspavientos ni escupir a los de la primera fila. Era, quizá, el canallismo real, frente al oficial. Decía Umbral que lo canalla no es el mal sino el folkore del mal. «La miseria que se cree fascinante». Él no se creía fascinante, aunque lo fuera. No tenía pinta de estrella sino de haber dejado a la niña en el cole cinco minutos antes y estar llegando a la oficina. Y en realidad, así era. Cada mañana, Enrique llevaba al colegio a su hija de cinco años. María, claro. Agárrate fuerte a su recuerdo, niña. Aquel día no fue. 

«Cuando sentía el hormigueo de la desesperación, recurría al alcohol, la heroína, la cocaína o los tranquilizantes para conseguir una especie de muerte efímera», dice Bargueño. Todas las muertes parecen efímeras – «he muerto y he resucitado»-. Todas menos la última, que es eterna como un reloj de arena movediza con las pezuñas rotas. No tengo claro que la desesperación se vaya. Como la energía, ni se crea ni se destruye. Solo cambia de barrio. Quizá él lo intuía, por lo que hoy cobra más sentido aquella canción que escribió -claro- a su hija. «Ayúdame y te habré ayudado, que hoy he soñado en otra vida, en otro mundo. Pero a tu lado». No quiero imaginar la culpa de un padre que escribe todo eso a su hija, de un padre que se ha mirado por dentro y ha encontrado amor para exportar, amor para llenarlo todo y justo al lado, adosada como una lapa, una incapacidad total para ser feliz y sobrevivir. No quiero imaginar el dolor que hubo de sentir para tirar por la borda todo. Qué pena tan inmensa, Enrique.

Hace veintiún años ya de aquello. Era el mismo noviembre, el mismo Madrid, seguramente una temperatura similar a la de hoy en un Malasaña con Penta, Vía Láctea y Palentino. Todo era parecido, supongo. Todo excepto nosotros. La vida, por entonces, era lo que íbamos a hacer. Ahora miramos atrás y nos falta Enrique, nos falta Antonio y nos falta Umbral. Por faltar, nos falta hasta vida.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es que si miramos bien, también nos costará reconocernos a nosotros mismos en nuestros propios recuerdos. Qué tipos más felices, qué blancas nuestras mañanas, qué largas nuestras noches, qué estúpida la soberbia del que tiene todo por delante y se sabe invencible. Echo de menos esos días, esa España. Me echo de menos a mi y echo de menos a la de las síncopas. Y a Madrid y a Enrique y los demás. Y a la vida sin toques de queda. Cuanto más la acortan, más larga se me hace la noche. 

Qué solo estás. 

Y no amanece. 

Quiero beber hasta perder el control.

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