Me pone sobre la pista mi amigo JM Nieto, viñetista genial de ABC. La ciudad ha sido tomada por comandos de sexagenarias voluptuosas tomando verdejos a escondidas en la puerta de los bares del centro. En los barrios, hay cuadrillas organizadas de jubilados –menos voluptuosos que ellas, pero con estrategias de guerrilla mucho más depuradas–, que tiran de Sinfo y de Salvueros como si no hubiera mañana. Todos lo camuflan tras inofensivos vasos de café. ¡Café, ellos! ¡Quiá! ¿Dónde se ha visto que te pongan una tapa de paella con el cortado, eh? A otro perro con ese hueso. Algunos hacen como que les quema y todo y se ríen con la inocencia de un niño que está rompiendo las normas. Por primera vez en su vida, quizá. 

Me acerco. Isidro pide «un café cortado, de la zona de Mucientes, si es posible». El camarero asiente y, como un experimentado narcotraficante de Baltimore, mira hacia los lados y con suma discreción deja el pedido en la mesa, recoge el dinero y se va a hacer una de esas cosas que hacen los camareros cuando no te quieren hacer caso, es decir, contar azucarillos, secar cucharas, sacar el lavavajillas, cambiar el rollo de papel a la maquina registradora, barrer la barra por dentro, ordenar facturas, llenar los servilleteros, llamar a su madre, ir a por cambio, rellenar el modelo 303, estudiar latín, rezar. Solo le falta meterse las manos en los bolsos y silbar. «Pues ‘páice’ que se ha ‘quedao’ buena mañana».

Veo atónito la escena, me armo de valor y le pido un ‘café-guiño-guiño’. El camarero me mira con seriedad, sospechando que yo pudiera ser un ‘secreta’ y como si, en lugar de un inocente vinillo ‘take-away’ fuera medio kilo de heroína iraní. Me escudriña con la mirada y finalmente saca la botella de clarete como quien saca bourbon de Kentucky en Chicago en mitad de la ‘ley seca’. Los viejos nos miran y entonan hurras, abrazados como si fueran hinchas del Liverpool en su día libre. Isidro me ofrece la mano: «Ya eres uno de los nuestros». Coño, que yo venía a por un café y ahora me siento Joe Pesci. «No lo digas mucho por ahí, que se nos llena esto de niñatos». 

Prosigo mi paseo mañanero con la adrenalina como Enrique Ponce y cercioro mis sospechas: Valladolid entero es un gran chateo en forma de milicias carrozas, un subterfugio de colegueo senior, una gran farsa en forma de vaso de café de la que todos participamos, por acción o por omisión. Suele darse en calles semipeatonales, al cobijo de las luces y el tránsito rodado. Los viejos saben bien lo que se hacen. El vino de estraperlo sabe mucho mejor. 

Aunque, en realidad, no lo hacen por el vino. Tienen más en el frigo. Lo hacen por salir de casa, por saludarse, por sentirse vivos. Por ayudar al del bar, también. Y quizá por rebeldía. Desafían al covid, a la tristeza, a las transferencias competenciales y al caos regulatorio. «La complicidad de los camareros y el silencio de los paseantes es la garantía de que la libertad prevalecerá», me dice Nieto con una sonrisa triunfal. No serán los jóvenes quienes la defiendan. No será un vendehúmos con traje de Cortefiel. Los nuevos revolucionarios no piden grandes cosas, solo que les dejen tomar un vino en su barrio. Delacroix no pintaría ‘La libertad guiando al pueblo’ como una gabacha semidesnuda. La libertad tiene boina, los dedos de las manos como morcones y no sabe que hacer cuando llega la una menos cuarto.

Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 1 de diciembre de 2020. Disponible haciendo click aquí.