EFE/JuanJo Martín

Omitiré la fábula de la rana y el alacrán por principios: ustedes la conocen, yo la conozco y ninguno estamos aquí para perder el tiempo. Me limitaré a recordar que la política profesional es un lodazal, una charca repleta de alacranes que se creen alacranes y, peor aún, de ranitas que también creen serlo, como cuando de pequeño pintaba bigotes a las señoras de las fotos de los periódicos. Como si poner cara de malo cambiara tu esencia, como si cuando Sánchez sonríe en la tele no nos entrara a todos un frío integral en el alma y en el porvenir. Todos en política creen ser alacranes, no hay en el charco ranitas felices que lleven a los escorpiones a la otra orilla por la patilla. Quizá sí al principio, pero todo tiene un final. O en ‘albertininano’ libérrimo: «yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho asesor». Pero hoy venía a hablar de ‘Gambito de Dama’, la serie de moda.

La he visto entera en un fin de semana para poder escribir esta columna y ahora veo fichas en el techo. Pero, al final, he llegado a la conclusión de que daba igual, podía haber dedicado mi tiempo libre a otras cosas porque, para entender lo que es un ‘Gambito de Dama’, he tenido que llamar a mi amigo Alfredo, que fue campeón de Ávila a los 12. Tomen nota: 1.d4 d5 2.c4. Eso es todo. Las blancas mueven el peón de la reina dos casillas hacia adelante. Las negras responden moviendo su propio peón de reina otros dos espacios adelante. Para terminar, las blancas adelantan también dos casillas el peón de su alfil de dama. Aquí empieza el espectáculo. Las negras tienen dos opciones: o toman el peón que le ofrecen o declinan la oferta. El sacrificio del peón que ofrecen las blancas tiene como objetivo poseer a cambio el centro del tablero, desde donde pueden controlar toda la partida. Por eso mismo, lo normal es declinarlo: el centro no se cede salvo que se obtenga algo importante a cambio, no un mísero peón.

Una personalidad tan mezquina y resentida como la de Sánchez no olvidará tampoco todo lo que Iglesias ha dicho de él, aunque lo abrace con esa sonrisa de cierto asco

Y ustedes dirán que de qué les estoy hablando. Pues de Sánchez y de Iglesias, claro. Del gambito de dama que se traen con nuestro país. No sé si se acuerdan de Manual de Resistencia, un Deuteronomio de resentimiento en el que Pedro Sánchez nos explicaba cómo su personalidad se partió en dos cuando lo echaron a patadas de Ferraz sus propios compañeros de partido, mientras él intentaba un fraude, y cómo a partir de ahí el antiguo Pedro hizo necrosis y surgió otra rama, como un nuevo capullo de vida. Lo que los psiquiatras llaman «escisión del ego en el proceso defensivo», aunque, por supuesto, ni él -Yavhé- ni quien transcribió su palabra -Irene, la de UPyD- sean conscientes de todo esto que les cuento. Son un chollo para la psiquiatría.

Ese nuevo Pedro recuerda mucho a Scarlett O’Hara: «A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!». Prometió entonces vengarse de todos, prometió acabar con su propio partido. Y a fe que lo ha conseguido: después de él no habrá nada. Esa será su última venganza.

Pero una personalidad tan mezquina y resentida como la de Sánchez no olvidará tampoco todo lo que Iglesias ha dicho de él, aunque lo abrace con esa sonrisa de cierto asco. «Que usted sea presidente es una sonrisa del destino que me tendrá que agradecer». Se acuerdan, ¿verdad? Pues Pedro también se acuerda. Se acuerdan de todas las humillaciones, desprecios, risas y condescendencias de Iglesias, ¿verdad? Sánchez también. Tiene apuntados todos los ninguneos, todas las ocasiones en las que ha sido vejado, vilipendiado o infravalorado por Iglesias. Y, por supuesto, tiene prevista su venganza privada desde el día en que firmó el pacto de investidura.

Ambos creen que el otro los va a traicionar en el último minuto para obtener rédito en las elecciones. Pero ambos saben que el otro lo sabe. Es decir, uno de ambos ha de salirse del guion. Iglesias cree que será él, es más fácil romper un Gobierno cuando no eres presidente. Sánchez tiene el abrevadero lleno de bocas y a él solo le interesa su empresa familiar. Por ello, ambos saben quién de los dos es Judas en la historia. No hay sorpresa ahí. La única sorpresa será hacerlo antes de lo que Pedro cree.

Pero Pedro también sabe eso y por eso esta guerra tiene solo un final posible. No tengo ninguna duda de que será Pedro el que acabará con Pablo y no tardando. No solo usando a la Fiscalía -¿de quién depende Lola? Pues eso-, no solo dando poder y focos a Yolanda Díaz en medios afines para preparar la OPA. Sobre todo usando las propias armas de Pablo. Aceptando el gambito. Por mucho que Pablo tense, Pedro acepta. Por muy loco que parezca, Pedro lo ve. All-in. ¿Cataluña? Veo. ¿Pactar los presupuestos con Bildu? Veo. ¿Cargarnos la Constitución para que el Ejecutivo se pase por el forro el legislativo e imponga al CGPJ? Vale.

Lo que sea, Pablo. Va a ver lo que sea, porque no le importa nada más que machacarte. Pero un día, cuando creas que estás ganando, te darás cuenta de que él, en realidad, solo ha estado preparando el terreno para quemarlo, rodearte de fuego y huir de allí culpándote de todo y dejándote solo en el centro del tablero. Toda la mesa para ti. Tú ganas el gambito, él se queda el BOE. Y el relato y esas lágrimas de Pedro –Petrus flevit– diciendo que hasta aquí hemos llegado, que todo este caos es tu culpa y que él, en realidad, él nunca quiso. Y te vas a quedar en el grupo mixto con tus series y leyendo el Granma.

Porque el gambito de dama no es un movimiento. El gambito es la vida y lo que ella nos trae. Tienen fin las ensoñaciones de los mediocres y, cuando crea que todo ha terminado, Pedro entenderá que no acaba con «Amén» el evangelio según Iván. El único alacrán de esta historia se apellida Redondo y desde el principio avisó que tenía un precio.

 (Este texto se publicó originalmente en El Debate de Hoy el 4 de diciembre de 2020).