ESPAÑA SANIDAD NAVIDAD:MADRID, 07/12/2020.- El ministro de Sanidad, Salvador Illa, durante la rueda de prensa ofrecida este lunes para presentar la campaña publicitaria del Ministerio de Sanidad para la Navidad. EFE/Mariscal

No sé muy bien de qué se quejan. Percibo cierto fariseísmo confundido entre la bandeja del turrón. Algunos están sobreactuando tanto que, al final, se van a pasar de frenada y nos van a estropear el invento a los demás, que, la verdad, no nos hemos visto en otra como esta. Ya me dirán cuándo han soñado ustedes que podrían llegar a pasar un día de Navidad sin aguantar a la suegra, una Nochebuena sin escuchar los equilibrismos neoabertzales del cuñado sanchista ni del otro, el de Vox, el que acusa al primero de pasar de la bomba a la zambomba. Ya me explicarán cuándo han siquiera osado a fantasear con una Nochevieja sin escuchar a esa cuñada súper comprometida con vete a saber qué nueva gilipollez.

Pues ahí lo tienen, van a conseguir lo que siempre han soñado y encima lo van a hacer cumpliendo la ley, protegiendo la salud pública y con coartada legal, luz y taquígrafos. Para que luego digan que los milagros no existen. Este verano nos hemos librado de la piscina y ahora nos vamos a librar de las frutas escarchadas. Tendremos, por fin, una Navidad civilizada, una cosa contenida, europea, como si al especial de Los Morancos le hubieran enchufado un lexatin de los buenos, de los de 3 miligramos.

Porque, por mucho que usted los vea renegando en el bar y en el contestador de Federico, todos esos hombres que se quejan, todos esos que dicen con la voz como una corneta que el Gobierno no es quién para definir el término de allegado, y que ellos sentarán a la mesa a quien les de la gana, están encantados. No solo encantados, también están agradecidos al ministro por su concepto de aforo máximo. Van a librarse de los parientes políticos -qué bien puestos algunos epítetos- y encima quedando bien, como un señor.

Si la socialdemocracia es aquello que te permite vivir como un ladrón con la superioridad moral de un filántropo, esto es algo parecido: el estado de alarma te permite cenar con la cara de pena de Elizabeth Windsor, pero tener por dentro el Teatro Falla en pleno carnaval de Cádiz, con el estado de ánimo como Michel en el mundial del 90 -¡me lo merezco, me lo merezco!-. Yo lo agradezco tanto que estoy pensando en rebautizar la cocina de mi madre como ‘Centro Cultural Salvador Illa’ e invitarle a inaugurarlo. Como necesitamos un escudo, tallaremos en piedra su cara subiéndose las gafas mientras cierra el ojo derecho, en su honor, el del muy navideño Millán Salcedo y, en general, el de todos esos hombres que se quedaron congelados en una partida de mus con treinta y una de mano.

Todos esos que dicen con la voz como una corneta que el Gobierno no es quién para definir el término de allegado, y que ellos sentarán a la mesa a quien les de la gana, están encantados

Y es que, detrás de cada suspiro de fatalidad, hay una persona que sonríe; dentro de esa tristeza impostada, hay una persona que escucha la marcha Radetzky y que da palmas a su destino; en un rincón del alma de ese hombre que simula una fuerte decepción hay un anacoreta luchando por salir, un misántropo como Onofre que sueña con meterse a la cama a las doce y media para abrazarse fuerte al transistor y a su dignidad, esa que perdió hace demasiados años entre los manteles de presumir de esta nuestra Españita, que diría Chapu Apaolaza. Y al día siguiente, temprano, al bar, ahí sí, a ver a los verdaderos allegados, los colegas, todos ellos ‘con la cara lavá y recién peiná’ gritando al alba: «¡Illa, Illa, Illa, ministro Maravilla!».

Una Navidad en silencio

Por fin, una Navidad tranquila, una Navidad libre, sin el cuñado poniéndose el alambre del champán como si fuera un monóculo y sin abuelas ludópatas con más resistencia a la noche que Rafael Amargo. Por fin una noche sin volver a casa pasando frío en ese coche que avanza lento, como tu porvenir, entre las nieblas congeladas de la submeseta norte. Por fin, ay, una faena de aliño, abreviando, sin adornos y sin intención artística. Una faena contra el siete y el orfeón de la hiperglucemia. Una Navidad sin fanfarria, una Navidad clandestina, humilde, mínima. Una Navidad en silencio, una Navidad en secreto. Si lo piensan bien, no será una Navidad tan rara. En el fondo, será como la primera.

Este texto se publicó originalmente en El Debate de Hoy el 18 de diciembre de 2020)