Uno lee los dietarios de Sabino Méndez y piensa seriamente en abandonar esto de la escritura. Qué altura, qué elegancia. Sabino componía canciones en Trogloditas como pudo haber elegido escribir sonetos, levantar catedrales o pegar verónicas ajustadísimas, con el mentón clavado al pecho. Pero en Corre, Rocker o en Hotel Tierra queda claro que Sabino fue siempre un escritor, que la mirada poética está delante de todo, previa a todo, que la lírica viene de la cuna y que no se puede hacer nada por perseguirla, como no se puede hacer nada por comprar la belleza. Quizá porque es lo mismo. No recuerdo que una voz me impresionara tanto desde, qué sé yo, quizá Léon Bloy, que es una mezcla entre el profeta Baruc y Dickens. Sabino tiene el talento de encontrar la sensibilidad en cualquier cosa para abordar después el tema de un modo desafectado, duro, aparentemente sin involucrarse, como si el narrador fuera un verdugo que se fuma un pitillo en el cadalso en lo que vienen a afilar la guillotina. Todo esto hace de él una voz muy personal, extemporánea, que nos recuerda lo que pudo ser España antes de que la izquierda se convirtiera en este nido de gilipollas. (Clic aquí para seguir leyendo el texto en EL DEBATE DE HOY)