El ‘Negroni’ tiene una parte de vermú rojo, una de ginebra y otra de Campari, o, lo que es lo mismo, una parte de dulzura, otra de amargura y la ginebra como un bofetón transparente que liga el bien y el mal, como un jueves por la tarde. Exactamente eso era David Gistau, una parte de niño grande que disfrutaba como un hedonista salvaje, como si cada día fuera un batido de chocolate de dos litros que te encuentras en el frigo, un trago interminable al mosto de tu hija, un villancico. Otra parte de huérfano, que es una herida que nunca cicatriza, un enfado endémico, un resentimiento crónico, como si la dulzura previa fuera solo una inocentada de la que nadie lo hubiera avisado y, de repente, lo hubieran soltado en el plató y te enteraras en directo de que has estado haciendo el ridículo toda la vida, como si la felicidad de las fotos fuera un trampantojo que escondiera la realidad, el desencanto, la frialdad, una vacuna antiutopías que destruye los mitos, igual que los iconoclastas quemaban las estatuas. Y la última parte, la ginebra, la unión imperceptible y líquida de esas dos almas, que es el periodismo, el ‘puto folio del columnista’, la escritura como vaso mezclador de todo. (Clic aquí para leer el texto entero en EL DEBATE DE HOY)