Ilustración: Javier Muñoz

Cuando yo era joven, era de izquierdas. Luego llegó Zapatero, que con esa actitud como de alguacil de pueblo vacunó contra el socialismo a toda una generación. Bueno, no a toda. A Pablo Iglesias la vacuna no solo no le hizo efecto, sino que le empujó a asumir como propia esa pose de folklórica que le sale a la izquierda cuando decide coger atajos intelectuales, como si en lugar de caminar optara por sentarse en un tacatá con ruedines para exigir al resto que empujen. Hacia el abismo, por lo general. Esta izquierda, ese psicodrama de ‘serie b’ basa su acción en hacer librar a otros las guerras de nuestros antepasados, que diría Delibes, pero con soldaditos teledirigidos por raperos y ‘El Jueves’ en el bidé, para que la deposición se eleve al cuadrado. Hace cuarenta años, los golpes de estado los daban los enemigos de esa socialdemocracia regeneradora, moderna y reformista que encarnaba Felipe. Hoy, cuando dan un golpe de estado en Cataluña o rodean el Congreso en Madrid, el PSOE responde haciéndoles socios de gobierno, cuando no directamente ministros. 

Estos días vemos cómo uno de los dos partidos que forman el gobierno justifica y jalea el terrorismo callejero mientras pide acabar con la prensa libre. Sánchez, en lugar de cesarlos de modo inmediato, mira para otro lado, como queriendo decir: «¿Os dais cuenta lo que tengo que aguantar?». Pedro, no te esfuerces, lo sabemos perfectamente, lo sabe toda España y, lo peor, lo sabías también tu cuando te entregaste a ellos para gobernar. No disimules. Si están ahí es porque tú los has metido. Esta es tu gran obra. 

El gran éxito de la transición fue que el PSOE arrinconara a la extrema izquierda y la enviara a la marginalidad de la que nunca debió salir. Felipe no pactó con Carrillo ni con Anguita jamás. Siempre supo que el adversario de la socialdemocracia no es la derecha civilizada sino el conglomerado comunista, nacionalista y antisistema que hoy capitanea Podemos. Por eso, los que crecimos en los ochenta, solo hemos conocido una España nueva, con ilusión, ilustración y chaquetas de ante frente los estertores de un régimen chusquero y decadente que veíamos en las fotos de los libros de textos heredados, con aquellos paisajes nublados en los que, al revés de lo que nos enseñaron, nunca salía el sol. Era la nuestra una visión de la izquierda moderada, cabal, posibilista y muy poco romántica, basada en esa alianza entre el capitalismo y la socialdemocracia que tan bien les sienta a ambos y que nos permitía estudiar, trabajar, ir de vacaciones y salir de fiesta hasta reventar en un contexto de crecimiento y estabilidad solo roto por la barbarie criminal de ETA, hoy amables compañeros de moción y progreso. 

Aquel PSOE serio estaba construido sobre cimientos fuertes como la unidad de España, el estado autonómico, el concordato, la Unión Europa, la educación concertada, la sanidad gratuita, la monarquía constitucional, el trabajo duro y demás normalidades tediosas. Pero el Partido Sanchista está construido sobre la decadencia y el resentimiento de un señor al que sus compañeros le echaron del partido porque pensaban era un peligro para España. Lo peor es que acertaron.

El que ha cambiado no he sido yo, sino el PSOE. Yo sigo defendiendo lo mismo, ellos no. El sanchismo ha convertido el PSOE en una filial del PSC, en un socio necesario del caos y en un partido cercano ideológicamente a la ‘superpop’, a esa izquierda naif que haría avergonzar a cualquier viejo socialista. El enemigo de Felipe eran Tejeros y Anguitas. Hoy, a esos mismos, los llaman socios. Tenemos lo que merecemos y, cuando en un acto final de progreso, veamos arder la Sagrada Familia, ya saben, ustedes calladitos y sin molestar, no les vayan a llamar fachas. O, dicho de otro modo: «Se sienten, coño».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 23 de febrero de 2021. Disponible haciendo clic aquí)