Yo iba al Museo Patio Herreriano a ver lo de Soledad Sevilla, pero salí con un sentimiento de inquina general hacia el ser humano. Por partes: la instalación en la Capilla es magnífica. Tiene como título ‘El pensamiento al madurar es como el sol cuando amanece’ y, en ella, la artista desconceptualiza la luz en líneas y las líneas en materia sólida, en hilos tensos como un arpa que estuviera tocando el aire. Debemos recordar que la línea es una sucesión de puntos y un punto es lo que no tiene dimensiones, lo cual convierte a la línea en una sucesión de ‘nada’ y a Soledad Sevilla en una hechicera de la matemática, en una poetisa del orden, en una mística cabreada, en una hacedora de luz. En Dios en la primera hora del primer día. Y la luz se hizo, o eso entendí yo, porque tampoco estoy seguro, no pude escucharme, necesito silencio para entender, para reflexionar, para mirarme en el espejo que, en realidad, propone toda obra de arte. No lo conseguí. El Patio Herreriano se ha convertido en un murmullo incesante, en una reverberación de comentarios, en una sucesión de diálogos de visitantes irrespetuosos.

Es cierto que tuve mala suerte. Se inauguraba ‘Renovación permanente’, una exposición con una pinta fantástica y que tampoco me dejaron ver. Cada sala se había convertido en una tertulia de padres, hijos, amigos de los hijos, marchantes de los padres, community managers madrileñas hablando italiano y, en general, gente que hablaba, que hablaba mucho, que hablaba a voces y que me llevó a soñar con un psicotécnico por entrada para poner en ‘mute’ a esta pandilla de domingueros. 

Incapaz de ver la expo, bajé a la sala cero a ver ‘Panta Rei’, de Lucía Morate, en busca de un poco de silencio presocrático, de dinamismo heraclitiano, el logos haciéndome cucamonas silentes, yo qué sé. Tampoco pude. No logré ni leer el texto introductorio sin interrupciones, no me resultó posible entender las palabras profundas de Carmen Dalmau, solo escuchaba a sendos grupos de amigas hablando de sus cosas a voz en grito, sin filtro, sin pudor, sin respeto ninguno hacia mi, hacia ellas mismas ni, lo que es más importante, a la propia artista.

Volví a Soledad Sevilla. En la sala 9 prosigue su propuesta, esta vez ‘Los días con Pessoa’, otra maravilla de decoloración progresiva, la luz haciendo que el color pase de lo intenso a lo ligero, de lo grave a lo frugal, el día avanzando hacia la claridad como metáfora de la vida y el conocimiento quitando pesos y abriendo espacios hasta que lleguemos a esa claridad total, etérea y transparente que es Dios. Digo yo, tampoco tengo ninguna certeza, de Pessoa solo me llegó el desasosiego de la señora rubia que se puso a hablar con el móvil en mitad de los motivos geométricos en los que estaba abstraído, en ese lugar en el que un día vi ‘Lo profundo es el aire’, de Chillida. Lo profundo es callarse, señora. 

No se puede ver un museo así, no es posible intentar acercarse al arte como quien se acerca a un Eibar-Betis, no hay reflexión en los sonidos refractantes y un museo que no se respeta se convierte en un centro cívico, en las fiestas del colegio la tarde de la verbena, en una experiencia frustrante y en una paletada social en lugar de en un espacio sagrado para la reflexión. Al final, quien intenta concentrarse es alguien fuera de lugar, un intruso que corta el rollo al resto de visitantes, que no hicieron una ‘coreo’ para ‘insta’ de milagro. 

El museo necesita respetarse para respetarnos, entender que Valladolid es exigente, que no se nos puede tratar de cualquier manera y que, cuando vale todo, ya no vale nada. Intentaré volver un día de lluvia y misantropía buscando ese ‘milímetro de soledad’ para que me digan elitista, fascista y prepotente. Díganme lo que quieran, pero, por favor: díganmelo por señas.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 9 de marzo de 2021. Disponible haciendo clic aquí).