Lo conocí en un escenario, aunque en realidad no llegáramos a coincidir encima del tablero. Yo tocaba la guitarra en ‘Mala Hierba’ y él era el batería de ‘The Indians’, dos de las bandas más importantes de la escena musical del Colegio San José en el año 93, que era la única escena que nos importaba entonces. Y en parte, ahora. El colegio era nuestro universo y yo no entendía qué tendrían en Seattle que no tuviéramos en la plaza de Santa Cruz, porque a actitud y a camisas de leñador no nos ganaba nadie, sobre todo si la actitud y la camisa servían para ligar, que era de lo que iba todo esto. Tocar era secundario, lo importante es que nos tratábamos como estrellas. En el año 93 los chicos no parecían anémicos y las chicas no eran raperas, ni traperas, ni parecían Rosalía. Simplemente eran guapas y olían bien, pero ni rastro de piercing ni tatuajes. Como mucho coleta y perlitas. Y ya. Como para no tocar en una banda, vamos a ver. Yo tendría 15 años y supongo que él acabaría de cumplir 18. Cuando terminamos de tocar en aquella verbena nos tocó desmontar todo y le acompañé a llevar la batería a su casa, en la Acera de Recoletos. Por entonces mi familia vivía en Gamazo, por lo que aprovechamos para tomar una cerveza a unas horas que para mi eran de gente muy mayor y que, en realidad, seguramente no superara la medianoche. Ahora que lo pienso, el hecho de que el concierto fuera en el patio ‘de las columnas’ sería algo premonitorio para nuestro devenir posterior. Cada columna se nos quedó grabada en algún lugar y ahora las soltamos, yo aquí los jueves y Paty cuando le dictan las musas.

Pero la vida es larga y Valladolid es corto, por lo que, aunque no tuviéramos mucha más relación, volvimos a coincidir en multitud de ocasiones, sin más. Un día me enteré que me leía y yo también le leía a él, por lo que volvimos a acercarnos, lo que no tiene ningún mérito porque a mi amigo Paty se ha acercado cualquier persona que haya salido un solo día en los últimos treinta años. No es que Paty apareciera de noche, es que Paty era la noche misma, el espíritu de la madrugada, la banda sonora de nuestras vidas. Si hace usted memoria, es muy posible que en los momentos más importantes de sus peripecias nocturnas estuviera Paty echándole una mano poniendo la canción que mejor le viniera a la escena, como cuando Rocky sube las escaleras con ‘Eye of the tiger’. En realidad, ahora que lo pienso, Paty es un planeta con campo gravitacional propio alrededor del cual hemos orbitado miles de satélites, haciendo de sus cabinas centros generacionales, puntos de encuentro, sedes de partidos políticos sin más ideología que un ambiente muy concreto que todos conocemos y que nadie podríamos llegar a describir muy bien. 

Paty lleva sin salir desde marzo de 2020. Entre otras muchas cosas, es una gran persona y un gran hijo. Se ha tomado tan en serio la salud de su madre que son ya catorce meses sin verle. Sus amigos estamos perdidos, la gente me para por la calle preocupada por él, hemos hecho todo lo humanamente posible, pero aparte de buen tipo es más terco que una mula maña. Ayer pusieron la segunda vacuna a su madre y sin más dilación hoy Paty vuelve a la carga. No se me ocurre nada más importante para mi columna que anunciar al mundo que se acabó, que ya estamos todos, que volveremos a ser mobiliario urbano adornando los días y las noches de esta ciudad. Sin él, nada ha sido lo mismo. Todo desprende tedio y vulgaridad. Por eso, la noticia no es que vuelva Paty Varela. La noticia es que, de algún modo, hoy volvemos todos.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de mayo de 2021. Disponible haciendo clic aquí).