No hay en toda España dos cocidos iguales. Apenas se habla de ello, pero este es un debate que, como nación, deberíamos abordar en algún momento. No se puede seguir tirando balones fuera y dejando cosas tan serias como esta sin un liderazgo claro, sujetas al azar y los vaivenes del destino, como si fuera, qué sé yo, la dirección de Unidas Podemos. No, esto va en serio, esta no es una de esas bobadas de los políticos: este un asunto de vida o muerte. Y es que para todo español el cocido es un asunto de fe, una pequeña misa laica, una conexión espiritual con sus ancestros y su tierra. Si hubiera alguna persona a la que no le gustara -nunca me lo he encontrado-, esa persona ha de ser purgada sin contemplaciones ni remordimientos. No te fíes de alguien a quien no le guste el cocido: es una persona sin infancia, sin recuerdos, una persona sin cimientos, sin constructos, un ser si estructura que no ha sentido jamás la verdadera paz interior, el confort espiritual.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de cocido? ¿Podríamos ponernos de acuerdo en el mínimo común que hace que un cocido sea un cocido? ¿Hay algunos ingredientes que podríamos considerar imprescindibles? ¿Hay si quiera un número de ‘vuelcos’ normalizados? ¿Al menos hay un orden a través del cual enfrentarse a esta liturgia llena de aportaciones personalísimas y giros estilísticos? Yo creo que es ya hora de dejar de mirar hacia otro lado y ponernos en serio a crear la Real Academia del Cocido, una institución que nos sirva para debatir estos asuntos hasta alcanzar unos consensos como pueblo, casi como raza, una especie de Constitución del Cocido que concluya con una especie de ‘batua’, una receta básica, un cocido de concentración a través del cual poder seguir creciendo como nación, cada familia con sus peculiaridades y ‘fets’ diferenciales, pero con un tronco común, un mismo pasado, un origen propio sin eslabones perdidos.

Porque este no es un asunto individual ni está sujeto a preferencias personales. El cocido es un discurso familiar, una banda sonora tribal, casi atávica, como lo es el apellido, el grupo sanguíneo, una mancha de nacimiento. Yo huelo el cocido de mi madre y es como si escuchara tambores de guerra en el destino. Siento el olor desde la calle y es kriptonita pero al revés, noto como surgen en mi pecho pinturas bélicas como estigmas y me siento capaz de enfrentarme al resto de pueblos bárbaros, los no-cocidistas, los infieles, los equivocados. Hay tantas variaciones como familias o, mejor dicho, tantas variaciones como madres, porque esto es algo materno. Si se diera el caso de que, dentro de la misma familia, el padre tiene una versión y la madre otra, se impondrá irremediablemente la receta materna, que se establecerá como estándar y que a base de repetición semanal irá forjando un estilo y un carácter. Aunque el cocido es, en realidad, lo de menos. Lo importante es que es una fábrica de sensaciones y de recuerdos. El cocido forja personalidades, deja las cosas en su sitio, aclara el asunto, es un otoño afectivo que te reconforta de dentro afuera. Cada clan tiene el suyo y entiende que ese y no otro es el cocido normal y la manera lógica de comerlo. El resto, el cocido de los demás, apenas se percibe como una serie de variaciones exóticas alejadas de la pureza, de la normalidad y de lo que ellos consideran que debería ser un cocido. La intransigencia es necesaria a veces, aunque paradójicamente, el cocido es la paella inversa. Si usted ha visto a un valenciano dando el coñazo con los ingredientes de la paella y recordándonos por vigésima vez que la paella es el nombre del recipiente, esto es justo lo contrario, el cocido es algo abierto en lo general y cerrado en lo particular, es flexible dentro de un orden y no encadena más que a tus genes. Yo creo que podría mejorar el cocido de mi madre, pero, me niego, sería una traición, como unirse el apellido para resultar más chic. Se empieza cediendo en la receta familiar y, cuando menos lo esperemos, acabamos en manos del luteranismo.

Hablando de herejes. Recuerdo el verano del año 2000 en Londres. Frente al Royal National Hotel de Russell Square, dos chavales lloraban y maldecían su fortuna por no poder comer de modo decente. No digo comer bien, no digo comer exquisito, no digo comer sabroso. Solo digo comer decente, algo que marcara la línea de los conceptos de dignidad, humanidad y de intoxicación alimentaria. Diego Vegue y yo vivíamos frente a ese hotel, en el número 2 de Woburn Place, en una especie de pensión propiedad del mismo grupo hotelero. Una habitación mínima y enmoquetada, el paraíso del hambre, la desdicha y el ácaro. Y de otras cosas, que hoy no vienen a cuento. Lo importante es que en esa habitación, un día en pleno agosto, con la morriña exacerbada y una enfermedad sobreactuada que me libró de trabajar, apareció una botella de vino de La Horra de la nada, como caída del cielo y decidimos que la mandaba Dios. Entendimos ipso facto que debíamos honrarle a él y a Juan de Austria comprando todos los ingredientes necesarios para hacer un cocido con el que impresionar a todo Bloomsbury y la parte más turbia de King’s Cross. A la discusión del material necesario y de dónde comprarlo se unieron un par de burgalesas, una modelo madrileña, un vasco de Durango y un comunista cordobés. Bien, pues no solo no pudimos llegar a un acuerdo de mínimos sobre lo que un cocido era, una especie de punto de partida equidistante, sino que aquel día acabamos peleándonos en suelo infiel, cada uno actuando como el guardián de las esencias del cocido verdadero, el original, el único homologado para presentarse como tal en tierras bárbaras. El cocido es el paradigma de una nación creada sobre la base del identitarismo familiar y el supremacismo culinario, que es, en realidad, el supremacismo moral. Mientras el cordobés me maniataba el vasco gritaba ‘Nire amona onena da’, es decir ‘mi abuela es la mejor’, que era de lo que se trataba, de vengar la sangre, de hacer respetar la familia, los recuerdos, la propia infancia.

No llegamos a un acuerdo y no hubo cocido. No es que hiciéramos uno de consenso, no. Es que las posiciones se cerraron tanto que ya amenazaba conflicto bélico entre nosotros, a los que solo nos unía la fe en la posición propia -una por español-, el odio a los ingleses y el desprecio al agua calina del Támesis. Así que preferimos entregarnos por completo a la comida basura como vía para alcanzar la paz entre nosotros. Y hoy, recordando aquello, creo que en realidad lo que nos sucedió, esas guerras internas, esa fe en la utopía culinaria, esa ausencia de nada en común, esa imposibilidad de generar una postura unitaria, ese grupo heterogéneo lleno de subtribus con subrecetas, y ese ansia de no sé qué chorradas intensas unidas solamente por algo llamado odio y hambre fue una metáfora perfecta y un gran adelanto de lo que años más tarde sería un movimiento, que en Sol, se hizo llamar 15M.

(Esta columna se publicó originalmente el 14 de mayo en EL DEBATE DE HOY. Disponible haciendo clic aquí).