Prometo que he puesto todo de mi parte, que lo he intentado, que me he acercado a la presentación de ‘España 2050’ desde la neutralidad y la buena voluntad, sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Doy mi palabra que creo en la estrategia y, de hecho, creo mucho, muchísimo, es en lo que más creo después de Dios y las gambas al ajillo, pero es que lo ponen muy difícil. He ido a escuchar al presidente tras una sesión de yoga, con la mente limpia, el corazón purificado y la mirada llena de ilusión y colágeno. Y me han vuelto a engañar, claro. Como siempre. Ni estrategia, ni España ni 2050. Apenas humo, humo sanchista, humo que sale en círculos ‘redondos’ de su boca hacia un auditorio en el que se percibía la tensión de las grandes citas y que al final se quedó mudo ante una performance contemporánea perfectamente encajada en la programación del ‘Reina Sofía’. Porque a nadie se le habría ocurrido que Sánchez y su publicista donostiarra tendrían el valor de convocar a las mayores empresas, fundaciones, organizaciones sociales, medios de comunicación y, en definitiva, a toda la sociedad de un país para comunicar la nada, la nada sin matices, una nada absoluta y etérea, una sucesión interminable de palabras vacías y huecas, de planteamientos infantiles, de voluntades quiméricas, de conceptos ridículos y olor a incienso de tienda perroflauta.

El acto, sin entrar en detalles, se limita a una tomadura de pelo cuyo único objetivo es cambiar el foco de la opinión pública y hacer olvidar el fracaso en Madrid, el fracaso en Cataluña, el fracaso en Galicia, el fracaso de sus mociones de censura en Murcia y Castilla y León, el fracaso de este fin ‘a pelo’ del estado de alarma, el fracaso de un inexistente plan de recuperación económica y el fracaso de la diplomacia en Marruecos -ni una sola referencia a nuestros héroes- para taparlo por una misa progre, una catequesis huera con globitos y cartulinas con forma de corazón socialista.

En un escenario como de Eurovisión, un logo en el que podíamos leer 02050, que más que una fecha parece una matrícula de Oviedo, con una música de sala de espera de dentista resiliente, Redondo nos sorprendió con un Ted Talk pedrista, un ‘Ped Talk’ por momentos bochornoso, por momentos delirante, preparado para él, para Él, para un Pedro que llega de grana y oro a la primera fila como la estrella que es y choca puños, choca codos y hace un paseíllo como de túnel de vestuarios en Mendizorroza. Yo creía que iba a descender al escenario de los cielos en una nube digital y progresista, pero no: a pie. Y comienza algo a medio camino entre el ‘talk show’ y la ceremonia de fin de curso de las Jesuitinas en 1989. Yo esperaba que, de un momento a otro, saliera un monologuista a amenizar un poco, pero no. Solo Pedro y sus palabros, confeti conceptual y propaganda hasta la hiperglucemia. En este momento me encuentro en un coma diabético tras este pseudo proceso constituyente. Quizá el presidente no sabe que lo que los países somos y queremos ser está recogido en la constitución y no en informes chuscos que suenan a anuncios de compresas. Dice Sánchez que este informe de lo que queremos ser de mayores no debe salir del ejecutivo sino de toda la sociedad y yo digo que sí, que eso precisamente son las Cortes Generales en las que está representada nuestra soberanía y que para negociar la estrategia del país en sus aspectos fundamentales con los representantes de los españoles no hace falta este delirio sino ir al Parlamento. Dice también que este es un asunto de estado y yo me pregunto entonces dónde está el Rey. Dice Sánchez que esto es de todos y yo echo de menos, entonces, al resto de líderes políticos. En fin. 

Que Pedro quiere una sociedad sin vertederos, sin coches contaminantes, con servicios oníricos, con palabras como cohesión y fraternidad, pero ni una referencia a otras palabras como trabajo, esfuerzo, sacrificio, renuncias y audacia, es decir, ni una palabra de cómo pretende llevarnos Telémaco a Ítaca. Pero al final llega la bomba del día. El presidente del gobierno reconoce que no presenta nada, que no hay estrategia, que no existe un diagnóstico y que se trata solo de iniciar una conversación kumbayá, que todo esto era una excusa para comenzar un diálogo, un show con la máquina humo a tope y voluntades, deseos, sueños, amor y nubes.

«Se puede alcanzar todo lo que se puede medir», dice Sánchez. Y a uno le entran ganas de saber si se puede medir la vergüenza. Quien sabe si así algunos puedan alcanzarla.

(Esta crónica se publicó originalmente en ABC el 20 de mayo de 2021. Disponible haciendo clic aquí).