Ayer los vi salir de clase como salen los Cebada Gago camino de la Cuesta de Santo Domingo, hermanados, rápidos, en manada. Miré sus libros destrozados, unos libros pre-pandémicos con el forro de Harry Potter pidiendo el descabello y los bordes como cantos rodados de la playa de Castro Urdiales. Los libros del año en junio se vuelven repugnantes, como el anís tras una borrachera. Son muchas horas delante de ellos, muchas mañanas dominando la frustración, muchas tardes de domingo con lluvia domando el instinto y las matemáticas jeroglíficas. Los vi salir y se despedían abrazándose con los ojos cerrados, gritándose mucho al oído, con la chaqueta que les había obligado a llevar su madre anudada en la cintura o, mejor aún, en la frente, como una capa de Superman. Salían con las notas en una mano, la mochila en la otra y, en la cara, una sonrisa de fin de condena, una sonrisa total, como de un indultado, pero con dignidad. Ha sido un año duro para ellos. Ha sido un año duro para todos, pero ellos tienen diez años y usted no, y tener diez años es algo que solo pasa una vez, solo pasa una vez la mirada limpia y los ojos como una fábrica de colágeno, solo una vez uno es Daniel el Mochuelo y tira piedras al río y mira todos los pájaros y se sube a todos los sauces.

Yo los miraba como quien mira el Guernica, como un puzzle indescifrable en el que unos ven la guerra civil y yo veo la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Pero hay orden dentro del caos y, si te fijas bien, ves más cosas, el contrabando de cromos, el estraperlo de almuerzos, la colección de plátanos en la papelera. Y una exposición de ojeras que, poco a poco, desaparecerán en la almohada como el día desaparece en la noche, de modo discreto y callado. Y, cuando menos te lo esperes, aparece el moreno súbito y les crecen los pies dos tallas en una noche. Y a tirar las sandalias y a comprar otras y a romperlas de nuevo el día del estreno, en un bucle infinito que terminará con amenaza de descalce, como en las favelas de Río en los ochenta, como si cada calle sin asfaltar fuera, de nuevo, nuestro Maracaná. 

Nos habéis dado una lección, muchachos. Sois un ejemplo de honradez, de madurez, de responsabilidad y de disciplina. Os habéis sacrificado por los más mayores, habéis pasado frío con las ventanas abiertas en el enero de estas tierras duras, con mordaza por bozal, sin deporte, sin hablar para no contagiar al profesor, sin cumpleaños, sin jugar en el recreo para bajar el riesgo, sin compartir el bocata de chorizo y bajo la dictadura cruel del grupo burbuja. Y lo habéis hecho sabiéndoos inmortales. Eso es generosidad. Sobre todo, porque lo habéis hecho con alegría, con fortaleza y sin esos ridículos llantos de niño caprichoso que la prosperidad trae a la mediana edad. Lo habéis conseguido y, cuando seáis mayores, podréis contar que lo hicisteis, que pusisteis todo de vuestra parte para salvar al abuelo. 

Os debemos un homenaje, chicos. Enhorabuena a todos. Enhorabuena también a los profesores, a los directores, a los jefes de estudios, enhorabuena a los monitores, a los bedeles, a los fisios, a los psicólogos. Y enhorabuena -hoy sí- a las autoridades competentes que, sin hacer ruido y sin aspavientos han tenido la valentía de anteponer el derecho a la educación de los niños al populismo histérico, al miedo paralizante y a la neurosis global. 

Queda la piscina, la playa y el pueblo. Quedan los libros, el cine de verano y la bici. Quedan las noches eternas, las siestas obligadas y las mañanas perdidas. Hoy recuperáis un año perdido. Y yo la afición a esto de escribir columnas. Porque hay días en los que el verdadero lujo es poder elegir a dónde mirar. Y, sobre todo, a dónde no.

Ayer los vi salir de clase como salen los Cebada Gago camino de la Cuesta de Santo Domingo, hermanados, rápidos, en manada. Miré sus libros destrozados, unos libros pre-pandémicos con el forro de Harry Potter pidiendo el descabello y los bordes como cantos rodados de la playa de Castro Urdiales. Los libros del año en junio se vuelven repugnantes, como el anís tras una borrachera. Son muchas horas delante de ellos, muchas mañanas dominando la frustración, muchas tardes de domingo con lluvia domando el instinto y las matemáticas jeroglíficas. Los vi salir y se despedían abrazándose con los ojos cerrados, gritándose mucho al oído, con la chaqueta que les había obligado a llevar su madre anudada en la cintura o, mejor aún, en la frente, como una capa de Superman. Salían con las notas en una mano, la mochila en la otra y, en la cara, una sonrisa de fin de condena, una sonrisa total, como de un indultado, pero con dignidad. Ha sido un año duro para ellos. Ha sido un año duro para todos, pero ellos tienen diez años y usted no, y tener diez años es algo que solo pasa una vez, solo pasa una vez la mirada limpia y los ojos como una fábrica de colágeno, solo una vez uno es Daniel el Mochuelo y tira piedras al río y mira todos los pájaros y se sube a todos los sauces.

Yo los miraba como quien mira el Guernica, como un puzzle indescifrable en el que unos ven la guerra civil y yo veo la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Pero hay orden dentro del caos y, si te fijas bien, ves más cosas, el contrabando de cromos, el estraperlo de almuerzos, la colección de plátanos en la papelera. Y una exposición de ojeras que, poco a poco, desaparecerán en la almohada como el día desaparece en la noche, de modo discreto y callado. Y, cuando menos te lo esperes, aparece el moreno súbito y les crecen los pies dos tallas en una noche. Y a tirar las sandalias y a comprar otras y a romperlas de nuevo el día del estreno, en un bucle infinito que terminará con amenaza de descalce, como en las favelas de Río en los ochenta, como si cada calle sin asfaltar fuera, de nuevo, nuestro Maracaná. 

Nos habéis dado una lección, muchachos. Sois un ejemplo de honradez, de madurez, de responsabilidad y de disciplina. Os habéis sacrificado por los más mayores, habéis pasado frío con las ventanas abiertas en el enero de estas tierras duras, con mordaza por bozal, sin deporte, sin hablar para no contagiar al profesor, sin cumpleaños, sin jugar en el recreo para bajar el riesgo, sin compartir el bocata de chorizo y bajo la dictadura cruel del grupo burbuja. Y lo habéis hecho sabiéndoos inmortales. Eso es generosidad. Sobre todo, porque lo habéis hecho con alegría, con fortaleza y sin esos ridículos llantos de niño caprichoso que la prosperidad trae a la mediana edad. Lo habéis conseguido y, cuando seáis mayores, podréis contar que lo hicisteis, que pusisteis todo de vuestra parte para salvar al abuelo. 

Os debemos un homenaje, chicos. Enhorabuena a todos. Enhorabuena también a los profesores, a los directores, a los jefes de estudios, enhorabuena a los monitores, a los bedeles, a los fisios, a los psicólogos. Y enhorabuena -hoy sí- a las autoridades competentes que, sin hacer ruido y sin aspavientos han tenido la valentía de anteponer el derecho a la educación de los niños al populismo histérico, al miedo paralizante y a la neurosis global. 

Queda la piscina, la playa y el pueblo. Quedan los libros, el cine de verano y la bici. Quedan las noches eternas, las siestas obligadas y las mañanas perdidas. Hoy recuperáis un año perdido. Y yo la afición a esto de escribir columnas. Porque hay días en los que el verdadero lujo es poder elegir a dónde mirar. Y, sobre todo, a dónde no.

(Esta columna se publicó originalmene en El Norte de Castilla el 24 de junio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).