Mi amigo Jon Garmendia me explicaba una noche en San Sebastián que, en euskera, ‘gar’ significa ‘llama, y ‘mendia’ monte, por lo que Garmendia significaría monte de las llamas, monte del fuego. Es decir, ‘volcán’. «A partir de ahora me podéis llamar Johnie Vulcano», dijo. Y expiró. Al menos por aquella noche, en la que al ver la cuenta final del ‘Dickens’, Peyo y yo entendimos de una vez y para siempre en qué consiste el hecho diferencial vasco. Aratz convenció a Joaquín de que yo era famoso y cantaba en M-Clan y me hicieron una foto de esas que le hacían a Julio Iglesias en los restaurantes de los ochenta, que supongo aún sigue expuesta.

Garamendi suena a Garmendia, pero al buscarlo, parece significar ‘monte de los helechos’, que tiene mucho más sentido. En primer lugar, porque no se puede nombrar lo que no se conoce y es posible que el volcán más cercano al País Vasco esté en Sicilia, aunque no estoy seguro y no voy a levantarme a comprobarlo. Es cierto que el País Vasco tiene algo de Sicilia, pero no creo que Urgull esconda un Vesubio. Donosti es Palermo con más txikitos. Palermo, Donosti con más Tirreno.

Decía García Márquez en ‘Cien años de soledad’ que «el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Nos quedamos, pues, con los helechos, preferiblemente de cuatro hojas. Así, no es que Antonio Garamendi tenga suerte, es que directamente la reparte, es el dueño de la fortuna, como un Doña Manolita de Guecho. Garamendi es la musa de Neguri, con permiso de Celaá, que probablemente a estas alturas crea que se apellida igual que Camilo José. 

Y digo que reparte la fortuna porque hace unos meses nos dijo que los presupuestos generales del estado eran «ideológicos, anclados en la deuda y en el gasto» y hoy es capaz de traicionar a los empresarios para rapiñar fondos europeos, que ya no son deuda ni gasto, sino símbolo de concordia, como una paloma de la paz, un helecho, un indulto. Siempre había pensado que no había nada más conservador que un millón de euros, pero me equivocaba. Si se los dan a tiempo, el que reparte la fortuna se hace progresista, convierte el agua en txakolí y los panes en butifarras. Lo lleva en el apellido y, bien mirado, repartir la fortuna es como tener una flor en el culo. O, en su caso, todo un monte de helechos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 21 de junio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).