Dice Ruiz-Quintano que Chiellini parece salido de la biografía del Españoleto en Nápoles y tiene razón. Es de esos hombres que nacieron cascados, con artrosis en los nudillos y arrugas en el alma. Nunca he oído su voz, pero me la imagino atiplada y rota, como de contralto pasadita de Machaquito de Rute. Me recuerda a la vieja friendo huevos de Velázquez, pero con una sonrisa como de niño que sonríe siempre en el cole porque ya lo ha llorado todo en casa. Chiellini es un personaje del Lazarillo en un ring de boxeo, con algo de santo de El Greco, algo de monje de Zurbarán y algo de alabardero en Breda. Tiene pinta de Judas el lunes santo, de subalterno de posguerra y de Pizarro cocinando tucanes. Chiellini huele a hambre y a orfandad, pero también tiene nariz de emperador enfarlopado a punto de apuntar al infierno con su pulgar y dejar que el león devore a los cristianos en el callejón de su media sonrisa. Y de Bruto antes de apuñalar al César en la corona del área. Yo lo vi en el minuto 95 sacando del campo a un inglés como quien saca a un cachorro de Labrador para alimentar a su cocodrilo. Chiellini es una carta de amor a Hannibal Lecter, un narco cantando una nana, un estibador haciendo de Odette en ‘El Lago de los Cisnes’. La única vez que lo he visto en el suelo temí que no pudiera volver a levantarse, como si le hubiera salido un caparazón como a Gregorio Samsa y moviera sus patitas pidiendo ayuda.

De Madrid al Chiellini y de Londres al purgatorio. Todo está en esa mirada, en esa vejez prematura y en esa inteligencia de hombre de los de antes, de los que no necesitan gritar para hacerse oír. Les basta con una mirada para imponerse de modo natural, sonriendo, con delicadeza, levantando a Alba como levanto yo el pack de leche semidesnatada, mandando callar a Londres y haciendo realidad, por fin, el sueño inglés de salir de Europa, solo que por la puerta de servicio. Él es de esos hombres con la personalidad suficiente para ni injertarse pelo ni raparse. De hecho, solo iría a Turquía en un barco de la Liga Santa, caminito de Lepanto. Me temo que los únicos tatuajes que respeta son los del talego, pero no lo sé porque, en realidad, lo único que sé es que Chiellini somos todos los hombres cuando, en nuestros sueños, ganamos algo, sonreímos de medio lado y salimos de la escena muy despacito, con la izquierda por delante, trianeando en Wembley como si todo, por fin, cobrara sentido.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 13 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).