Yo iba preparado para una cola memorable, de hasta tres cuartos de hora, según la rumorología. Pero la realidad es que, cuando llegué al Delibes, la fila y el miedo estaban disueltos, como las reivindicaciones del 1 de mayo a la hora del vermú. Pero solo por fuera. Por dentro, la cosa era bastante diferente. Cuando entras al foyer parece que te van a tallar para incorporarte a filas en la División Azul, esa es la verdad. Hay un silencio tenso, como de respiraciones contenidas, una mezcla entre una citación sorpresa de la Agencia Tributaria y la sala de espera en el examen anual de próstata. Y un ritmo endiablado, allí todo se sucede como en una terminal de aeropuerto, pero sin ‘duty free’. Había, eso sí, una vendedora de la ONCE que se está forrando. Pero nada de bar, es el único fallo de la organización. Nunca está de más un grifo de cerveza, para relajar el ambiente. Y quizá algo de música. Música militar. El himno de artillería o, quizá, el del Sanjo. No descarto el del Pucela o el de la Champions, con un photocall a la salida para posar de once en once y llevarte un recuerdo en el que ponga ‘Me pincharon Pfizer y me acordé de ti’. 

Al entrar, el personal te pregunta si vas a por la primera dosis o a por la segunda, es decir, si eres de 1978 o de 1949. Vamos, que no sabían si teníamos 42 años o 73. Dice mucho de mi quinta. Los noventa fueron duros y algunos se pasaron de ‘Camarote’ y de ‘Kaos’. Ni un paso atrás.

Luego, poca cosa. Diez minutos apretando una gasa que luego descubrí haber perdido, es decir, que hice verdaderos contorsionismos a mano cambiada para acabar apretando la nada. En el pasillo se me cayó dos veces el papel con la fecha de la segunda dosis y al recogerla casi me tropiezo. Todo esto con la camisa mal abrochada y ante las miradas bocabiertas de toda mi generación. Como dice Sobrino, estuve a punto de gritar: «¡Vivan los quintos!». Para destensar.

Ahora sé que he guardado el papel con la fecha en un cajón pero no recuerdo bien en cual. Tengo el brazo como Pacquiao tras lo de Mayweather y un sueño mortal, opiáceo un sueño como de dos días de empalmada que me impide hacer nada. Es mi primera resaca sin resaca. Es un jet lag vital, eterno. Bueno, eso y que siento muy cerca a Soros. No soy magnético aún, pero comienzo a percibir la extraña necesidad de escribir una columna a favor de la agenda 2030. Leo una y otra vez el papel de los efectos secundarios con los párpados como persianas bajadas y espero, protegido en tablas, el final de mis días. No hay mayor señal de casta que morir con la boca cerrada.

La boca cerrada la tuve también al entrar. Me hicieron muchas preguntas y muy rápidas. Yo no estaba preparado y no pensé bien las respuestas. ¿Trombos? ¿Sintrom? ¿Alergias? ¿Cardiopatías? ¿Ha tenido COVID? Yo no estaba preparado y estoy seguro de que me he equivocado en algo. Espero que no fuera relevante porque me aturullo, no razono bien y ahora creo que soy transgénico, como el maíz.

Para la segunda dosis me voy a llevar a mi madre para que responda a las preguntas que yo no sé, siempre me hice un lío con el tema de las vacunas. Y a un notario que de fe. Por supuesto, pienso ir en traje, para compensar y me desvestiré allí muy despacito, como Rafael de Paula de vuelta a la suite del Alfonso XIII. Y detrás de mi, la banda municipal de Íscar tocando ‘El Gato Montés’. A ver si, por fin, consigo ese magnetismo especial.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 15 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).