Cuando yo tenía diecisiete, era gilipollas. Estaba enamorado y, en lugar de ir a la facultad, pasaba las tardes jugando al julepe. El juego controlado y comedido es un gran entrenamiento para el cerebro, así que lo nuestro, que era exactamente lo contrario a la mesura y el control, fue un master que me enseñó a realizar cálculos en décimas de segundo para saber si iba a ganar o a perder. Si iba a ganar, se trataba de ganar todo lo que pudiera, sin miedo a la matemática y, si iba a perder, de perder lo menos posible. Eso es todo, sacar partido a la vida con malas cartas, la mirada alta, la cartera llena y la dignidad intacta.

Adriana Cerezo, a la misma edad, gana para España medallas olímpicas y campeonatos de Europa tras de haberse dejado las tardes de su vida en el gimnasio Hankuk, esforzándose al máximo y con esa cabeza amueblada íntegramente con cómodas Luis XVI que parecen tener los verdaderos campeones. Lo anterior no ha sido impedimento para que, además, haya sacado 13 puntos de 14 posibles en la Evau. 

Cuando Adriana nació, yo tenía 25 años y seguía siendo gilipollas. A pesar de todo, ya trabajaba en marketing. El año de Adriana viví el boom del ladrillo con sus presupuestos millonarios, las comidas interminables, las mujeres malas y los hombres tristes. Desde entonces hasta ahora, me ha dado tiempo a vivir, con matices, diecisiete veces el mismo año, aunque diferentes burbujas. Mientras tanto, a Adriana le ha dado tiempo a convertirse en un ser humano excepcional y en una deportista memorable. El sábado por la mañana yo me lamentaba por algo mientras ella luchaba un oro olímpico. Y entonces la vi, sola, tirada en el tatami, con la mirada baja y alguna lágrima en la mejilla sin saber que toda España tenía la misma lágrima y habríamos ido a pasearla a hombros por Tokio como a la Macarena si nos hubieran dejado. Levantó el brazo a la ganadora y nosotros, en la distancia, se lo levantamos a ella.

Cuando empezó la pandemia acababa de hacer 16. En este tiempo ha forjado un carácter, unos hoyuelos y una sonrisa. Nosotros, solo panza y melancolía. Y todavía tenemos el valor de decir que esta generación es peor que la nuestra.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 26 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).