Todo este sainete me recuerda inevitablemente a ‘El desencanto’, aquel documental sobre los Panero en el que, tras morir el padre, Michi se pasa hora y pico repitiendo eso de «éramos tan felices», alargando la ‘a’ como un loco con la cadencia triste de las miradas perdidas. No sería raro sino fuera porque la primera hora de la película se la había pasado diciendo que su padre -aún vivo- les maltrataba, les odiaba y no los quería. Esto es lo mismo. Ahora resulta que éramos taaaan felices. Y nosotros sin enterarnos, oye.

La realidad es que Vox rompe relaciones con el PP porque no les interesa tenerlas, pero, aún siendo conscientes de ello, el PP no se cansa de darles balones de oxígeno con errores constantes. Vox escenifica esta crisis para poder revertir la caída en picado que le dan las encuestas. Da igual que desde Génova hayan admitido que fue un error, que, por cierto, lo es, y van unos cuantos seguidos. Daría igual un acto global de penitencia pepera con latigazos incluidos desde Génova a los Jerónimos. Es, por encima de todo, un sainete. Que el mismo partido que promovió una moción para declarar persona non grata a Page sobreactúe ahora esta indignación beaturrona, recuerda a lo de «¡qué escándalo, en este local se juega!», que decía el capitán Renault en Casablanca.

La realidad es que, para Vox, gobernar con el PP supondría su fin, implicaría plegarse a las políticas que odia, tragar con el modelo de estado que desprecia y asumir los valores moderados y tendentes al consenso de una transición que les repugna. Pero paradójicamente, Vox necesita al PP como el virus necesita al huésped. Por eso ha de debilitarlos, pero manteniéndolos con vida. La única posibilidad que tienen de tocar poder depende de que el PP gobierne para, mientras tanto, tratar de reventarlo desde dentro porque nunca será suficiente y cada vez exigirán más, hasta que los actos penitenciales se conviertan en autos de Fe y los Jerónimos en la Plaza Mayor de Madrid en 1680.

Algunos en el PP aún no se han enterado de esto y siguen intentado fingir que se pueden dar pactos contra natura y gobernar España con Vox. No, no se puede.  Moncloa no es ni Sol ni el Palacio de San Telmo. Casado sabe que no puede tener a Vox en el gobierno y, lo que es peor, Vox también lo sabe. Por eso, llegado el momento tendrá que investir a Casado a cambio de casi nada, como en Andalucía o en Madrid. La alternativa real sería dar el gobierno a Sánchez, que como acto heroico de derechita valiente resulta, cuanto menos, curioso.El problema aquí, hablemos claro de una vez, no es Abascal. Abascal puede pecar en ocasiones de formas populistas y de un exceso de simplificación, pero sabe de qué va esto, no es tonto y, sobre todo, se ha dejado la vida luchando por la libertad en el País Vasco y eso nunca lo olvidaremos. El problema es que Abascal no controla su partido, que Vox no es ese PP más ‘serio’ y más ‘duro’ sino una coalición de mucha gente decente con algunos Caballos de Troya  radicales y malintencionados. Estos últimos son los que imposibilitan cualquier posible acuerdo con el PP y llevan al borde del abismo a Abascal. Solo cuando Abascal entienda que muchos de sus cuadros no valen y que hay que alejarse de algunas malas compañías, podrán cargarse al virus interno para, de forma leal, y no con aspavientos tipo Neymar, tender la mano a Casado para llegar a acuerdos en los escasos puntos en los que aún es posible, que son pocos. Yo no quiero reconciliación de la derecha. Quiero la reconciliación de España. El resto, me temo, es solo mantener con respiración artificial una pareja que nunca existió para sonreír en las fotos cuando hay visitas. Pues no. No éramos felices. Dejen de fingir y no nos hagan perder el tiempo. Mientras dan este espectáculo, ahí al fondo, un tal Sánchez sonríe y acaricia a un gato. Podría llamarlo Michi.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 27 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).