El derecho penal ‘de autor’ se diferencia del derecho penal ‘del acto’ en que, mientras el segundo vincula la responsabilidad a unos hechos concretos y probados, el primero lo basa en quién lleva a cabo los hechos. Es decir, que según el derecho penal ‘del acto’, ante un supuesto de hecho debe de haber una consecuencia jurídica, que es la pena, con independencia de quién lo protagonice. El derecho penal de autor, por el contrario, no tiene tanto en cuenta el acto aséptico, el hecho objetivo, sino al autor del mismo. Recuerdo todo esto hoy para alertar que estamos llegando a un punto social nauseabundo en el que la bondad, la decencia y los valores con los que miramos a una víctima ya no dependen del hecho sino de quién es la víctima. Si el autor es de ‘los nuestros’ y la víctima de ‘los otros’, aquí no pasa nada e incluso se lo merece, mientras que si la víctima es ‘de los otros’ y el culpable ‘de los nuestros’ le negamos no solo el auxilio sino incluso la propia condición de víctima.

Como yo nunca he sido de los nuestros y además a mi no me han educado para ser un mierda, no tengo ese problema: me repugna la bondad de autor. Si vemos una injusticia hay que denunciarla, sea quien sea el culpable y sea quien sea la víctima, porque, en caso contrario, nuestros valores son relativos, dependemos de otros y, en ese caso, habremos muerto. La decencia, la dignidad y la valentía no dependen de nada, son lugares absolutos, unas coordenadas exactas, una brújula que no cambia su misión de señalar el norte en función del mapa. Decía Unamuno: «Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia o fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. (…) Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto —sea o no lo que ellos suponen— se dicen: ¡bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen perdió todo su valor la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina lógica».

Como sigamos así vamos a acabar como los nazis, catalogando a las víctimas en función de si merecían o no el castigo, de si, eran o no unos miserables o de si nos caían bien o mal. La grandeza pasa por defender las reglas de juego más que a un jugador concreto, de preservar los códigos, de proteger con más vehemencia aún a aquellos con los que no estamos de acuerdo. Cuando crees saber dónde está la razón, permanecer neutral es inmoral. Aunque el que tenga razón no sea ‘de los nuestros’. Es más: sobre todo en esos casos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 9 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).