Hay una cadencia en los versos de Godofredo Garabito que me hace entrar en trance. Es un ritmo repetitivo, un gong oculto como de gotera cayéndome en el cráneo, un compás de octosílabos que me abren las puertas de un estado profundo del alma, una alteración de la conciencia como si estuviera bajo los efectos de alguna droga, de algún opiáceo hecho de aceite de amapola y de polvo del camino. Yo abro las páginas de este libro y entro en otra dimensión, en un mundo viejo y perdido, construido a base de derrotas y de silencios, pero también de dignidad y de barbillas que apuntan al cielo buscando a Dios. Es el acento como un metrónomo, las sílabas rompiéndome por dentro como si tuviera un bombo en la boca del estómago. Hay algo atávico en ello, hay algo primitivo en estas hojas que ya nacieron amarillas de la intemperie interior, de la intemperie a vista de águila. 

Godo lo ve todo porque Godo lo sabe todo. ¿Y por qué lo sabe todo? Porque lo ha vivido todo, porque no hay impostura en la lengua viva, porque miran sus ojos, pero es su sangre la que mira y la que late y se desparrama por la mesa, como un quirófano con luz de páramo. Hay algo atávico en el romance porque lleva escondido un ritual ancestral con una fórmula mágica, lo cual hace de ‘Godo’ un hechicero, el gran patriarca de un tribu que nos ha dado la vida a todos los que hemos llegado después, no solo literariamente. Y cuando le leemos, le escuchamos de nuevo y, entonces, todos somos niños alrededor de un fuego místico y sagrado que llena las tardes de bocas abiertas e historias olvidadas por el tiempo. Godo es a la vez un velocista y un maratoniano porque cada verso es un sprint, cada estrofa una meta volante y cada página un record del mundo. Intento leerlo despacio, en calma, me intento contener y disfrutar, como si fuera un vino complejo lleno de matices, pero no puedo, la lírica me atrapa y me emborracho y Godo me lleva a donde quiere, como un toro ante el engaño, como el vuelo de un capote malherido. Luego me fijo bien y mido y no voy tan rápido, es solo una sensación, un espejismo de emoción, de querer saber más, de querer llegar a ese lugar al que nos lleva y que en realidad no es otro que a nosotros mismos, a la tradición secular de un pueblo que calla por no llorar, que escucha a los sabios para escucharse a si mismo de una vez. Para eso está el romance, para ser contado, para ser cantado. ¡Bingo! Godofredo Garabito hace canciones, este romancero es un cancionero, es música callada, música frenética y fiel, música de un tiempo cruel que es a la vez 1521, 1979 y que es hoy y será mañana. Porque yo he visto esos atardeceres en La Mudarra. Y doy fe que son así, y doy fe que son los mismos y, entonces, entre esos muros de piedra abiertos solo hacia arriba piensas que Godo y yo vemos lo mismo exactamente y que este cielo es el mismo cielo y que nuestro Dios el mismo Dios. Y por eso, porque lo quiso Godo y porque lo quiso Dios, es por lo que esa casa está siempre abierta y los muros se caen como un castillo de naipes, como un abrazo sincero de amigo.

Después de tres lecturas he leído tres libros diferentes. Me temo que, si lo leo por cuarta vez, descubra un cuarto libro. Y es que ‘Amapolas Comuneras’ es una obra maestra que cambia a medida que tú cambias. Y tu luz imaginaria cambia según de donde venga el sol de la lectura a cada paso. Hay sabiduría, sí. Pero hay también inocencia, hay ingenuidad y no es por simpleza sino por todo lo contrario, por la pureza extrema de quien no te quiere engañar, del lenguaje desnudo, de la palabra sin artificios, de la belleza en lingotes, del tiempo palpitando como el corazón de un bebé y a la vez como la mirada cansada de un viejo castellano que descansa las manos en la cachaba con toda la carne seca que es capaz de juntar un hombre.

Mi familia es de Peñaflor. Conozco esos valles, he visto el cauce claro del Hornija, han pasado por mí todos los campos. Somos del mismo páramo, hemos volado la misma altura, la que no esconde caídas ni anticipa precipicios sino levedad, tranquilidad, seriedad suave, suavidad sonora. La altura inmediata, la altura humana. Los campos comuneros fueron antes góticos, como si fueran versos de Godo y no puedo evitar pensar que esta es la lírica de un hombre de solo 47 años, un hombre a pesar de todo joven, aunque cargue con todos los siglos a sus espaldas. 

Este panegírico no es premeditado. Simplemente estoy drogado, camino medio metro por encima de estas páginas y me siento agradecido a mi amigo Guillermo y a toda su familia mientras pienso que esta tierra sería muy diferente si tuviéramos más Godos, al menos uno por familia. Mientras podamos leerle tendremos uno por estantería. Será responsabilidad nuestra escucharle para escucharnos, leer sus páginas como quien lee las líneas de las manos de un pueblo dormido. Quizá sea pronto para que vuelen los versos por la tierra, quizá sea tarde para que florezca mayo.

¡Ay Godofredo!… ¿Hasta cuándo?

(Esta texto es el prólogo a la quinta edición de ‘Amapolas Comuneras’, de Godofredo Garabito, editado en 2021 por la editorial ‘Castillos en el aire’. Para adquirir un ejemplar, haga clic aquí)