Cuando era pequeño, las vacaciones eran en Suances y se acabó. Quiero decir que no había grandes debates y jamás vi en casa folletos de cruceros de islas griegas ni guías enciclopédicas del sudeste asiático. Llegaba el día 1 de agosto y a Suances, con su Playa de los Locos, sus rabas y sus helados de Covadonga los días de sol; cocido, duelos y quebrantos los de lluvia y visita a Cóbreces y a Santillana los que amanecían tontorrones entre semana, para huir de los turistas, que, la verdad, ahora que lo pienso, no sé qué nos creeríamos que éramos nosotros, quizá oriundos de Torrelavega, quizá montañeses de Liébana o un comando anti ‘papardo’, que es como llaman en Comillas a los de fuera. En Suances no te llaman ‘papardo’, porque un vallisoletano en Suances no es un turista sino un local. Hay quien cree que deberíamos tener derecho a voto y la verdad, no es mala idea, se iba a enterar Revilla. Aunque la idea me parece poco ambiciosa, yo lo absorbería como pedanía de Valladolid, como Puente Duero. Un Valladolid con salida al mar sería un factor competitivo sin parangón y podríamos arreglarlo ampliando un poco el carril bici para ir en serio, con varios puertos fuera de categoría. O, si no, alargando la línea 1 del bus para que llegara hasta el Cantábrico.

Otra línea que vamos a tener que ampliar es la 16, que llega al punto más al sur de la ciudad, pero que se nos empieza a quedar corto si queremos llegar a Cádiz, que es donde se encuentra en este momento todo el mundo que conozco. Cádiz es la nueva Cantabria. La gente ya no va a Suances ni a Comillas ni a Noja ni a Somo ni a Laredo. Ahora las hordas pucelanas peregrinan a Cádiz, a Sancti Petri, a Conil, a Caños de Meca, a El Puerto, a Sanlúcar, a Chipiona y a Rota, donde para saludar te dicen: «Pero ¿qué pasa, porrita?». A ver, que se está muy bien, que la manzanilla y que Romerijo y que Morante con Prieto de la Cal, pero me pregunto yo a qué se debe esta explosión de gaditanismo, esta querencia al frío del atlántico, esta exaltación del atún y del ‘pescao’ frito, esta oda al langostino tigre, que ahora después del día de la Virgen vuelven mis paisanos y los noto cambiados, con gracejo, levantando bustos a Juan Carlos Aragón y encargando centros de interpretación de ‘La Gaditanissima’. El Teatro Calderón luce como el Falla y Las Moreras huelen a La Caleta. No se me malinterprete, que uno es muy de Cádiz, pero señores, déjense de pueblitos y vayan directos a Cádiz, pero a ‘Cadi-Cadi’, que es donde hay que estar, con su Ventorrillo del Chato, su Casa Manteca y, si fuera posible, pregunten por mi compadre Manuel López Sampalo, que si no está haciendo running, estará descifrando el color exacto de los ojos de alguna, con la sal en las palabras, que es como escriben los gaditanos.

Ni una cosa ni otra. Ni antes éramos pasiegos ni ahora Jesulín. Ni te puedes meter un petrolero de orujo de Potes ni medio camión cisterna de vinillo chiclanero. Moderación, que a este ritmo la única tacita de plata que va a quedar libre es la del váter cuando vuelvan a pasear el palmito por la calle Santiago y alguien, que seré yo, les recuerde que Cádiz es Suances con ortiguillas y Suances es Cádiz con chubasquero. Ahí queda eso, Illo.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 12 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).