Los madrileños no conocen los hoteles de su ciudad y no saben lo que se pierden. No son conscientes de lo maravilloso que puede ser aislarse de la realidad desde su mismo corazón, formar parte del escenario, pero sin interactuar con él, no ser ni oriundo ni turista, ponerse el disfraz de espectro y vivir la vida entera con la urgencia de un torero fuera de cacho. Antes me bastaba con que los hoteles estuvieran bien situados, solo los necesitaba para dormir. Ahora ya no vagabundeo días enteros, Madrid no es ciudad para ‘flaneurs’. O quizá sea cosa mía, que haga lo que haga voy a parar a los mismos lugares porque el lumpen me puede, me atrae de modo magnético y es casi seguro que acabe irremediablemente en Tirso pensando en lo bien que estaría yo tomando un aperitivo en el bar inglés del Wellington. 

Se acabaron las jornadas infinitas y las caminatas imposibles. Ahora contemporizo mis planes, paso más tiempo en el propio hotel y por ello necesito una habitación decente, con sitio para escribir, para trabajar, un servicio de habitaciones, un entorno concreto, un bar, un restaurante y óptimamente un lugar donde poder recibir visitas que no sea mi cama, aunque, desde luego, es algo que no descarto en absoluto. Un lugar con poso, fantasmas, vivencias y ex ministros socialistas susurrando al teléfono a voces para que todos veamos su manera de no mirarnos. 

Si vas a escribir, el hotel se te pega al estilo. Y si vas a vivir, lo que se te pega es el estilo del resto de huéspedes, esos que te cruzas en el ascensor y te hacen sentir mejor de lo que eres, por ósmosis. Hacen que se te pegue la sonrisa tranquila de las personas elegantes y descreídas, y entonces comienzas a comportarte como ellos, con una actitud que mezcla cercanía con distancia, como si, de repente, todos fuéramos Loquillo. Se generan complicidades en el desayuno, en el hall, eligiendo la prensa y, sobre todo, en la soledad de la cena. Podríamos cenar en cualquier otro sitio de Madrid, sería menos doloroso y, desde luego, menos extraño, pero lo mejor es seguir inflando la burbuja, porque Madrid es el mejor lugar del mundo para la gente sociable, pero es el peor para los que tendemos al aislamiento, los que decimos no a toda oferta de conferencia, comida, cena, caña, tertulia o inauguración. 

Lo hacemos para no defraudar, por la generosidad inmensa que supone no ser uno mismo. Pero, sobre todo, para huir de esos personajes tan madrileños que se jactan de tener toda la información, todos los contactos y toda la influencia del mundo sin entender que, para el resto, los mentideros son solo cuñadismo de asesor. Y porque, además, me conozco: se generan complicidades con quien no se debe y se acaba bebiendo ‘prosecco’ en una azotea, con el meñique y la farsa estirados y escribiendo como un vulgar politólogo con fuentes en La Moncloa y conocidos en la puerta de no sé qué local lleno de pijos muy morenos que llevan alpargatas. Disculpen, por favor, la redundancia.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 23 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).