Alberto Sánchez era mi amigo. Me pasé en su restaurante ‘La Encina’ de 2002 a 2005, que es lo mismo que decir que me pasé la burbuja dentro de una burbuja. La matemática dice que fueron tres años, pero los años felices son más largos y dejan tras de sí un rabo de nube, que diría Silvio. Puede que por eso tenga la sensación de que aquello duró una década. Y puede que por eso los recuerdos se expandan como un gas que tiende a ocupar todo el espacio. Se quedan ahí para siempre, en los corazones, que es de lo que estamos hablando. Y en el cerebro, desde donde surgen estas palabras que habían estado guardadas porque aún no había tenido huevos a escribir de Alberto desde que murió. La tierra y las lágrimas, de quien las trabaja. 

Por entonces yo era gilipollas. Es posible que todos lo fuéramos. Pero yo más. Tenía 24 años y mucha responsabilidad, por lo que tenía que actuar como si fuera más mayor de lo que en realidad era y sobreactuar en mesas repletas de hombres, tabaco y vino. Fueron los años del ladrillo y del boom inmobiliario. Las comidas duraban un par de horas y las sobremesas un par de días. Y así nos enteramos que los milagros económicos y los restaurantes caros dejan resacas subprime pero del tamaño de la playa del Sardinero. Ese mundo ya se ha acabado, pero hace no tanto era impensable no terminar una reunión de negocios así. Mucho humo, mucho whisky, mucho dinero. Y mucha felicidad. Tanta que no cabe en una sola columna. 

Alberto estaba en todas las mesas y tenía una copa de vino en cada una. Era un genio y, a su manera, también un sabio, con esa inteligencia del Cerrato y una manera de entender el arte y el pellizco que, en Castilla, solo he visto en Palencia. Supongo que es el estilo ‘Franciscus’, que lo impregnó todo. Entre otras cosas, yo llegué a los toros por él, a la francesa. En España los toros vienen a ti por tradición, pero en Francia a los toros llegas tú tras un proceso intelectual, tras una búsqueda. Y era un placer oírle contar anécdotas junto a Fran Encinas en tardes infinitas. Hablaban de Curro, de Paula, de Manzanares, de Marcos de Celis, de Morante y de José Tomás. Y yo tomaba notas para columnas y crónicas que solo nacerían veinte años después. Pero, de algún modo, ya se estaban gestando, como un embarazo de riesgo. No sé si fue el propio Fran o Javi Aguado quien nos hizo un cartel de toros en el que yo aparecía como ‘El Nirvana’ y él como ‘Alberto de Ciri’. Lo del Nirvana era porque, cuando me escuchaba, decía que entraba en trance. Y lo de Ciri porque así se llama su madre, que la semana pasada acaba de ganar por cuarta vez el concurso nacional de tortilla de patatas. 

Y a eso iba. Yo prometí a Andrea, la hija de Alberto, que lo contaría si ganaba. Aquí lo tienes, Andrea. Yo siempre cumplo, así me lo enseñó tu padre. Ciri ha vuelto a hacerlo, La Encina ha vuelto a hacerlo y Alberto lo celebra desde el cielo al que se nos fue demasiado pronto. Aún no he podido volver a La Encina porque me acuerdo mucho, pero he hablado con Fran y vamos a hacerlo. Quiero felicitar a Ciri, a felicitaros a todos y a felicitarnos a nosotros mismos porque, de algún modo, cada vez que gana La Encina, ganamos todos los que lo llevamos dentro, como llevamos a Alberto, a quien envío volando al cielo mi columna 200 en El Norte de Castilla. Será por burbujas. 

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 30 de septiembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).