Eran las doce y media de la tarde. Ay qué terribles doce y media. ¡Eran las doce y media en todos los relojes! ¡Eran las doce y media en sombra de la tarde! Las campanas de Nuestra Señora de Monteolivete repicaban a Ayuso a las doce y media en punto de la tarde. Y entonces apareció ella, saludando como una Evita con ‘jet lag’ y abriendo las cámaras a su paso como un Moisés de Chamberí entre gritos de «presidenta, presidenta». Antes habían pasado otros, pero el carisma lo reparte Dios y se ve que alguna se lo llevó todo. El tirón es indudable: lo dicen las urnas, pero también lo dicen las bases. ‘Todo el mundo ama a Isabel’, que decía Loquillo.

Mientras tanto, dentro del auditorio, Rasmussen hablaba de la importancia de España en el escenario internacional y a alguno casi le da la risa. Pero todos estábamos pendientes de lo de fuera, de Valencia, que es blanca, como la soledad de Ruano. Es un blanco diferente, un blanco brumoso, de los que rebotan contra los edificios y te devuelven un sol de hospicio. Rebota también la luz en esas lonas azul ‘pepero’, un azul Klein que se ha vuelto más añil que nunca. Y a la convención se le pone un color de última oportunidad. El blanco de Valencia es más de Sorolla que de Soraya y por eso encaja bien con Casado, el único encorbatado de la ciudad y que actuaba a la vez de anfitrión, de estrella, de padre, de hijo y de Espíritu Santo en una convención cuyo único objetivo es lanzar su imagen presidencial y asfaltar el camino hacia La Moncloa. Mostrar unidad, cerrar suspicacias y unir al partido en torno a un liderazgo fuerte. Porque el PP está acostumbrado a liderazgos fuertes, a caminos claros, a proyectos reconocibles. Y cuando eso no se percibe, no hay partido. Y, como recuerda García Egea, «sin partido no hay gobierno». Así lo dijo apareciendo en el escenario con los acordes de ‘The final Countdown’, de Europe. La cuenta atrás. Bien. Lo que no sabemos aún es para qué.

Y Teo nos cuenta el relato. Porque Teo tiene una misión y un storytelling y consiste en recalcar que el que manda es Casado, que hay que estar unidos, que en el PP no hay estrellas rutilantes, ni versos sueltos ni proyectos personales, lo cual, evidentemente, es la mejor muestra de que los hay. Y más de uno. Pero Teo avisa que deben estar unidos en torno a un proyecto y unos principios fundacionales. Y a un líder, que es a lo que vamos. Unidos en torno a Casado. Destacable el ninguneo a Ayuso, que resonó con fuerza por el Turia y que no creo casual. La madrileña no tuvo mención expresa por parte del secretario general, lo que no evitó una ovación atronadora del auditorio al aparecer en pantalla.

Ovación y saludos también para el resto de presidentes autonómicos, especialmente fuerte para Moreno Bonilla que, si normalmente ya me recuerda a Morante sin patillas, ayer más. Se ve que los sevillanos venían calientes tras el lío del de La Puebla en La Maestranza. Le faltó la vuelta al ruedo de camino a la mesa de presidentes autonómicos, en la que, de nuevo, todo el interés estaba en las palabras de Ayuso. Y en sus gestos, que dicen más de lo que callan porque Isabel es transparente. Y, para desgracia de Teo, sus pensamientos están subtitulados. 

Y Ayuso cogió su fusil. En un discurso inteligente, leído y medido, dejó claro que su lugar es Madrid, que está a disposición de Casado, que se siente agradecida por su confianza, que cree en su liderazgo y en su proyecto, el cual asume y comparte. Y ovación atronadora, claro. Todos en pie, aplaudiendo a Casado gracias a la generosidad afilada de Ayuso. A veces todo parece tan fácil que no se entienden errores tan bruscos contra un activo tan grande para el PP. Si el objetivo era no darle protagonismo, no lo han conseguido. La frialdad se cura con verdad y el cálculo excesivo con autenticidad. Victimizar y ningunear a alguien desde el aparato -que se lo digan a Sánchez-, es la mejor manera de llevarla a un triunfo seguro.

Luego comida de barones y ‘barona’. Arroz con cosas, supongo, que a algunos se les debieron atragantar. Y luego paseo de ‘misses’ provinciales y autonómicos en una reivindicación de territorialidad, feminismo y ofrendas al gran jefe. Ni una corbata, outfits de sport y ‘Scalpers’ y ese ambiente pastel que se le pone al centro derecha cuando sabe que todos los presentes votan bien. Es decir, lo mismo que Vargas Llosa. Y ‘Believer’, de Imagine Dragons, hasta en la sopa, que casa bien con el lema de la convención. Pero la canción que resonaba era la de Loquillo: «No la compadezcas nunca, no se vaya a enterar. Pues su risa quebradiza duele más que una paliza, entra en tu orgullo y te atiza. Y te sientes un cabrón». Yo le haría caso. 

(Esta crónica se publicó originalmente en ABC el 3 de octubre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).