En Valladolid nos despertamos cada mañana con el llanto de las becerras. Es bello escuchar los gallos y sentir cómo las campanas de la vieja iglesia anuncian un nuevo día en el corazón de Castilla. A veces nos ahoga el olor a purines de los cerdos, pero no pasa nada porque los vertemos al Pisuerga. Los purines, digo. Aunque a veces también vertemos a los cerditos, sobre todo en fiestas, para divertirnos. Luego tiramos unas cabras desde el campanario y matamos un par de novillos que vienen corriendo asustados por el Paseo de Zorrilla. Para desayunar encendemos una hoguera con cuatro maderos y calentamos algo de caldo con vino de Serrada en una cazuela de barro, ya se sabe que hace mucho frío luego en el estadio. Por eso, a los niños les damos media botella de coñac y un par de bofetones, para que entren en calor y puedan así ayudarnos a limpiar las pocilgas. 

La familia reza junta para pedir al señor que nos acompañen las lluvias y poder tener una buena cosecha. Y luego al cole. Los solemos llevar a caballo, mi chaval parece el príncipe Baltasar Carlos. Aunque, al ser tan rurales, es difícil hacer este tipo de chistes, la gente no los suele entender. Lo que leemos sobre todo son runas visigodas, una biblia gastada y el libro de recetas de la bisabuela, la que enseñó a mi mujer a tirar las cabañuelas y predecir el tiempo.

Ah, qué bello es limpiar las conejeras, qué paz surge al ordeñar las vacas, qué entrañable el olor caliente de los corderos asustados. Tenemos todo el ganado en intensivo para molestar a los de Malasaña. Fuera hay un prado verde, pastos frescos y forraje alto, porque tenemos un microclima que ni en Murcia, pero preferimos maltratar a los animales en una cárcel calentita para que den así una carne de peor calidad y podamos exportarla más barata a países de pasado protestante, como venganza por la herejía luterana, que ya se sabe que esto es pura contrarreforma. 

Por la tarde salimos a cazar palomas con carabinas, matamos unas ranas a pedradas, ahorcamos a un par de galgos y recogemos huevos para la cena. Algunos domingos matamos un pollo, con los huesos hacemos caldo y se lo ofrecemos a los turistas que vienen de Madrid, que dicen que somos gente sana y hospitalaria. Nos hacen fotos como si esto fuera un parque temático, pero nosotros no hacemos preguntas, para no molestar. Preferimos ceñirnos a empaquetar alpacas, robar pichones de los palomares y jugar al dominó en el bar con un sol y sombra en la mano y un mondadientes colgando del labio inferior.

Cuando los niños vuelven del colegio, nos sentamos junto al fuego. A los caballos los dejamos atados fuera, a estos sí, porque como no nos los comemos, preferimos que sufran las heladas y se fastidien. A los niños les contamos cuentos populares, que se siguen transmitiendo por tradición oral. Y luego contaminamos un poco los suelos, lo que nos da tiempo antes de filtrar las aguas con nitratos y ya directos a la bodega, siempre vestidos con el mono azul y la gorra de Caja Rural. Bebemos vino en bota y comemos un trozo de queso que cortamos con la navaja oxidada. Por la noche, orinal y a aprovechar el calor de los animales para dormir. Ahora hay elecciones, pero nos da igual, no nos importa la sanidad, la educación, las infraestructuras ni el trabajo de nuestros jóvenes. Lo único que queremos es hablar todo el tiempo de macrogranjas. Puede que resulte absurdo, pero mucho peor sería cortar el rollo a los tertulianos de Madrid. Se les ve tan ilusionados.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 20 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).