‘Uno de los nuestros’ cuenta la historia de un niño que deja el colegio para ir a trabajar a un casino. De aparcacoches, creo, pero no lo recuerdo y no tengo la menor intención de buscarlo. El profesor manda una carta al padre para informarle de que hacía tiempo que el chaval no aparecía por allí. El padre monta en cólera, riñe al niño, le obliga a volver a clase y le prohíbe volver al casino. El dueño del casino, al enterarse de lo sucedido, reflexiona acerca del culpable de la situación. «A ver, el niño ha hecho lo correcto, que es venir al casino. El profesor también, su obligación es avisar al padre, para eso está. Y, desde luego, el padre ha obrado bien al reñir al muchacho, eso es que hacen los buenos padres. ¿De quién es la culpa entonces?». En la siguiente escena se ve a un grupo de sicarios dando una paliza al cartero. Se oye entonces la voz en off del chaval diciendo: «Nos extrañó que nunca más volviera a llegar una carta del colegio a casa. De hecho, es que no volvió a llegar ninguna carta de nadie».

Si en Génova hubieran visto la película nos habríamos ahorrado el bochorno. Es de 1º de ‘Secretario General’: si a la sede llegara información que pudiera comprometer a un militante lo que se debe hacer es sospechar del cartero. Desde luego, no debe avisar a la persona y menos aún pedir aclaraciones. Corre el riesgo de que se las dé, pero en comparecencia pública. Y que, de paso, cuente una historia de espías sin probar que te deje muy mal. Y al final te tienes que ir, claro. Así que ya saben: prescindir del cartero. Solo en caso de que eso no sea posible y llegue la información, habrá que crear un puesto de trabajo que filtre estas cosas para que el secretario general no se entere de nada, ya que, en caso contrario, habría de actuar y eso sería su fin. Y, por último, si hay cartero, no existe ayudante y el secretario, por error, lo lee, lo mejor es hacerse una caminata de San Nicolás y rezar para que sea mentira. Si la información fuera cierta y alguien le echara alguna vez en cara que lo sabía y no hizo nada, se debe responder con un lacónico «mire, no podemos hacer caso a todos los mensajes anónimos que llegan diariamente a la sede, el mundo está lleno de gente malintencionada que quiere destruirnos. Y nosotros no estamos aquí para perseguir a nuestros militantes sino para acabar con Sánchez. Si alguien tiene alguna sospecha que vaya a la fiscalía». Ovación y saludos desde los medios.

La gran lección del ‘niñato-gate’ es que un partido no es una empresa. Me di cuenta de que García Egea lo veía así cuando, en la entrevista de La Sexta, pronunció la palabra ‘compliance’. En su cabeza simplemente había un proceso y lo siguió, que es lo que hacen los ingenieros, seguir procesos que son perfectos sobre el papel. Pero el secretario general no es un CEO que esté por encima de los afiliados. Muy al contrario, los afiliados son los verdaderos dueños y, al igual que los empleados no investigan a los accionistas, un secretario general no puede investigar a los afiliados: es investigar al dueño. Y menos hablar mal de él a gente tan discreta como son los periodistas. Le van a machacar, en este partido y en todos. Feijóo es listo y habrá aprendido que está bien tener un proceso contra la corrupción, pero no se puede delegar en un ingeniero: corres el riesgo de que lo cumpla. Y si yo fuera el cartero de la calle Génova, a partir de mañana me plantearía priorizar la acera de los pares.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).