El PP de Madrid es, en ocasiones, el más pueblerino de España. Cuando se pone, sus formas pueden ser las más macarras, sus planteamientos los más paletos, sus puñaladas las más bajas. Esa actitud como de soldado en su día libre tiene buena prensa en la capital, que confunde chulería con valentía, arrogancia con determinación y todo ello con fortaleza. Pero nada hay tan débil como una persona cruel y esa actitud no tiene nada de ejemplar. La gente del PP en el resto de España no es así, no actúan como salvajes. Y habría que recordar que, a pesar de ese aire a tasca que se le está poniendo, el PP no es una peña, ni una cofradía ni un club de ‘boy scouts’. Es un partido político. Y no es del pueblo, sino de sus afiliados. Son los afiliados al corriente de cuota los que eligen un presidente que marca el rumbo y define la estrategia. Si no están de acuerdo con él, los afiliados tienen órganos para mostrar el descontento, entre los que no se encuentra rodear la sede de su partido el domingo después de misa, con ese punto futbolero que da el tercer vermú, para insultar, vejar y humillar a su presidente, por muy equivocado que consideren que esté. Rodear el Congreso o la sede de un partido tiene un punto de ‘bullying’ y de acoso físico intolerable y habría que recordar que esto es la derecha y es Madrid. No es la izquierda. Y menos aún Barcelona.

Casado es el candidato de la moderación y eso es difícil en tiempos de radicales. Si se va solo porque se lo pide la prensa, una presidenta autonómica y unos cuantos miles de personas en la puerta de la sede, habremos culminado el viaje al populismo que el país inició aquel 15-M. Y si manda el grito y se impone el cafre, muere la democracia. Si se va por eso, damos por bueno que el que venga estará también en manos de la prensa, de esa presidenta autonómica y de unos cuantos miles de personas capaces de ir a la puerta de la sede si el domingo hace bueno. Nada de eso. Si decide irse debe hacerlo porque, tras una reflexión profunda, llegue a la conclusión de que no es el mejor. Y hacerlo con inteligencia, calma y buenas formas, para no dejar a la cuarta economía de Europa abandonada a un año de municipales, autonómicas y generales. Y eso solo si su partido no está de acuerdo con él. Si le apoyan se debe quedar y aguantar. Es su obligación.

Sigo sin creerme la versión maniquea que se nos ha vendido. A algunos les vale, a mí no. De cualquier modo, todos los involucrados están ya incapacitados para hacer política. Nadie cuya manera natural de resolver problemas sea la que hemos visto puede ostentar ninguna responsabilidad de gobierno. Y, por cierto, yo estaba en Valencia cuando Ayuso dijo que «presidir la Comunidad de Madrid es mi única meta política», descartándose de cualquier aspiración sucesoria. La creí y la sigo creyendo. Si Casado se va, sería un gran avance que Ayuso apoye al que venga. Porque, visto lo visto, el partido ya da igual. Todos aceptan que la que manda es ella. Y si acaso, luego, el griterío.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 21 de febrero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).