Las Cortes de Castilla y León no son unos de esos parlamentos de chichinabo de la España autonómica. Son bastante más serios, nacen en el siglo XII en Castilla y aún antes en León. Nada tienen que ver con la mitología sobreactuada de las autonomías inventadas y sus salones de nuevos ricos. Muy al contrario, en Castilla y León los brillos de lo nuevo se fueron hace unos cuantos siglos. Y eso que cuando nos dijeron que no íbamos a ser ‘comunidad histórica’ nos dio la risa: en realidad solo hemos conquistado el mundo, llevando nuestra cultura, nuestra lengua, nuestras leyes, nuestra visión del hombre y nuestra fe hasta el último rincón del planeta. Efectivamente, no somos una región histórica, somos la historia, la Historia misma -perdón por la mayúscula-, y negar eso es solo comparable a sacar al Real Madrid de la lista de clubes históricos de la Copa de Europa. 

Total, que ahí estaba Carlos Pollán poniendo medallas a los procuradores, medallas todas con ese escudo que adorna las fachadas de los edificios de medio Occidente, el escudo de las Cortes de Fernando III, de Alfonso X, de Isabel la Católica y de Carlos V. Esas Cortes, no otras. Minutos antes, había sido elegido presidente por mayoría absoluta, dejando de ser un exportero de balonmano para convertirse en la cabeza de la institución más antigua del Reino de España, en esa transmutación mágica que sucede cuando uno deja de ser hombre y se convierte en símbolo.

Pero, ay, el PSOE no lo veía igual y la mayor parte de sus procuradores le negaron el saludo, como si fueran unos chavalillos de las CUP saliendo de una asamblea con olor a butifarra, todos con sus caritas de asco, sus miradas pasivo-agresivas y su rencor de clase, sin clase. Miren, a ustedes Vox les puede gustar más o menos, pero es que no importa, no se les pide adhesión ideológica sino actitud institucional, saber estar y un apretón de manos firme y correcto, nada de esas manos blandurrias y frías que se escapan entre los dedos como boquerones. No todo lo que sucede es una oportunidad para mostrar fanatismo, no todos los momentos son escenarios para la neurosis, no toda ocasión es ocasión para la afectación folclórica. No hace falta sacar el pecho a toro pasado ni montar numeritos de cantautor comprometido. Se trata solo de estar al nivel de aquello a lo que representan. Ya.

Ese señor con las espaldas como un estibador polaco es el presidente de las Cortes, ese caballero es el resultado de un proceso democrático y de la voluntad de los castellanos y los leoneses, por lo que merece respeto institucional. Y por si no se lo han enseñado en su casa, ya se lo digo yo: negar el saludo a alguien por cuestiones de raza, sexo, credo o ideología política denota nula educación, escasa elegancia y muy poca vida. No muestra firmeza, sino dogmatismo, sectarismo y bajeza democrática, tanta que me temo que lo antisistema en Castilla y León ya no es Vox: los verdaderos antisistemas son quienes niegan el saludo a los legítimos representantes de los ciudadanos.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 14 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).