Ahora que el fascismo ha llegado a mi ciudad, nada ha vuelto a ser como antes. Es triste ver cómo, desde que llegó la ultraderecha, los hombres pasan las mañanas jugando al dominó y bebiendo vino quinado mientras las mujeres hacen ganchillo junto a la ventana, esa ventana que se ha vuelto naranja desde que del cielo caen las cenizas de lo que un día fue Ciudadanos. Y eso del ganchillo solo si las mujeres no están rezando, porque, desde que el obispo y el gobernador civil pasan por las casas preguntando el catecismo a la hora nona, la ciudad se ha convertido en un murmullo de rosarios infinitos y de jaculatorias de pena. Y luego, por la tarde, los hombres en los toros o en las peleas de gallos. O envenenando gorriones y ahorcando galgos. Y las mujeres entonces cocinan casquería para que sus maridos lleven a las fábricas. Y Valladolid entonces huele a guiso soso y a lágrimas. Y suenan las sirenas del toque de queda mientras el Sereno vigila los parques y el recato.

Supongo que algo tendrá que ver la obligación de leer a Pemán y de poner el Ángelus como tono de los móviles. Nada es lo mismo desde que prohibieran la primavera, los ritmos fusión y el vaporoso tejido de las faldas al bailar. Sin ir más lejos, mi hija, que iba para neurocirujana, ha renunciado a todo lo ‘stem’ y ahora tiene como única aspiración tejer jerséis de lana para que podamos pasar mejor el invierno, cuando el fascismo se convierta en frío. Fue terrible cuando nos obligaron a matar a todos los gatitos de angora para obligarnos a criar cuervos. Y peor aún, lo de sacarlos los ojos. Aquí nunca se ha visto nada igual y el ambiente de terror solo se puede comparar a los acontecimientos que tuvieron lugar cuando Podemos llegó a La Moncloa y el comunismo, al Ayuntamiento de Valladolid. Fue duro aquel verano. Aún huele a adrenalina en las checas de la Rondilla y a sangre en el gulag de Parquesol. 

Los campos de reeducación llenaban entonces el alfoz y todo fue poseído por el silencio, ese silencio de los ausentes y de los deportados a Caracas. Todos recordamos cómo prohibieron las procesiones en aquella noche de los fachalecos rotos, pero ni siquiera eso fue lo peor: lo más difícil fue ver cómo cambiaron el nombre del Paseo de Zorrilla por Boulevard Ione Belarra. 

Todos pasamos por aquel curso de nuevos feminismos y por los talleres de dildos y de batucada. Prohibieron la misa de una y los niños tuvieron que hacer la comunión vestidos de camaradas cubanos, con las mismas barbas de Fidel en Sierra Maestra y, en lugar de ‘Alabaré, alabaré’, les hacían cantar canciones de Víctor y Ana. Aún recuerdo cuando les dio por hacer del Cerro San Cristóbal un nuevo Monte Rushmore y esculpieron las caras de Monedero y de Vestrynge. No llegamos a acostumbrarnos a entrar en la ciudad diciendo la contraseña: «abre la muralla». 

Así que no desesperen. Saldremos de este fascismo como salimos de aquel terror rojo. Y llorará de risa la Cuaresma y volverán los ruiseñores del centro derecha. Y nos acariciará de nuevo la brisa socialdemócrata y estallará el confeti de la paz social. Laus Deo.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 17 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).