En mitad de un Vía Crucis, mi madre se sintió mal, se mareó y cayó al suelo fulminada. Estaba en la iglesia de San Mateo, entre el incienso de la transición y la luz taciturna de aquel Viernes Santo. Era 1978, el epicentro entre el blanco y negro de la muerte de Franco y el verde y negro del 23-F. Lo común, por lo tanto, era el negro, un negro de Caravaggio con claroscuro, viento del norte y algo de miedo. Cuando se despertó, se enteró de que estaba embarazada. Esa fue mi aparición en escena: sencilla, prudente y discreta. El día que mi madre me lo contó yo me lo imaginaba con trompetas wagnerianas, el coro de los peregrinos en Tannhäuser y un relámpago cayendo en el campanario de aquella iglesia inmensa, con Don Felipe Gago al fondo celebrando los oficios con las manos levantadas hacia el cielo. En diciembre de aquel mismo año nací en el sanatorio de Quemada, en el mismo Paseo de Zorrilla, en lo que luego fue una oficina de Bankia y hoy ya no es nada. Mis padres decidieron mantener el personaje en todo lo alto, supongo, así que me pusieron directamente a hacer de niño Jesús en un Belén viviente tan del gusto de la época. Con todo, no les debió parecer suficiente: el mismo 25 de diciembre, mientras interpretaba el papel de Salvador en medio de la adoración de los vecinos y colmado de ofrendas de medio Paseo de Zorrilla, fui bautizado. Ahí, in situ, en el mismo lugar en el que meses antes mi madre caía rodando entre beatas en el mismo corazón del corazón mismo de Castilla.

San Mateo por entonces era el final de la civilización. Más allá solo el cine Rex donde siempre ponían E.T., el bar Fermoselle -pucelanismo de primera ola- y el Matadero, que siempre tuvo un gris propio, un gris que anuncia muerte. Y aún más allá los caminos de tierra. Y, luego, la nada. Vivíamos en la calle Rosario Pereda, que hoy se llama Concha Velasco porque doña Rosario resultó ser falangista. La cosa es que allí pasaron mis primeros años de vida, en ese Paseo de Zorrilla que tenía mucho de ensanche, del acento de los andaluces que vinieron a trabajar en FASA, del olor a su aceite de oliva y de una España en construcción. El barrio es La Farola, pero yo nunca lo supe porque nosotros siempre mirábamos hacia delante y yo creía que vivía en el Paseo de Zorrilla, que es nuestra Castellana y tenía más caché. Delante de mí el Viejo Zorrilla y los Campos de la Federación, esos campos de tierra llenos de condones y jeringuillas que años más tarde se convertirían en la Plaza Juan de Austria. Los ochenta fueron duros. Detrás de mi mirada, calles sin asfaltar y vaquerías en la calle Goya y la carretera de la Esperanza. Los días que me da por caminar aún voy hacia allá y miro mi antigua casa, aquel número 21 en el que fuimos tan felices. Me siento un rato y luego intento buscar aquella vaquería donde iba con mi padre a por leche en un Renault 12, en esas mañanas de sábado, frías y soleadas como fueron todas las mañanas de sábado en los ochenta. Yo iba en el asiento de delante, supongo que sin cinturón de seguridad y supongo que con mi padre fumando y sonó ‘Hoy no me puedo levantar’, de Mecano. Mi padre me dijo que aquello era muy diferente y que, sin duda, triunfaría. Yo se la guardé pensando que se equivocaría, pero volví a fallar, claro. Aquello fue un éxito. Acabo de mirar el año en el que salió y era 1981, con lo cual yo tenía dos o tres años y no sé cómo puedo recordarlo, pero lo recuerdo como si fuera hoy. Siempre he tenido una capacidad prodigiosa para memorizar datos inútiles, algo que me ha dado ventaja como escritor. Memorizar datos útiles es de opositores a notarías. Los escritores memorizamos gilipolleces y a algunos niños ya se nos ve la obra en el rostro. Otros nacen con cara de funcionarios.

Después me paso por la plaza de Toros y recuerdo aquel Lucense con toldo azul, una barra enorme llena de papeles de azucarillos en el suelo y un olor intenso a café con leche y a puro, que es el olor de nuestros abuelos. Allí hablaban de toros y yo los escuchaba sin entender nada con la mirada fija en el limpiabotas, en ese ‘Búfalo’ de José Álvarez ‘Juncal’. Y un poco más allá ‘Las Mercedes’ y el bar ‘Dallas’, de donde salía el autobús del Real Valladolid cuando jugaban fuera. Allí nos despedíamos de Gail, de Sánchez Valles, del Pato Yáñez y del ‘Polilla’ Da Silva y el lunes los veíamos en las fotos de El Norte. Iban con sus mujeres, tomaban un café con los aficionados y los despedíamos como quien despide a su primo cuando se va al campamento. Y un poco más allá los Franciscanos y su inmensa Cruz Desnuda, que siempre miré con asombro. Y luego la zona noble del Paseo, las casas de los ricos, el Hospital Militar y el Campo Grande hasta la Plaza de Zorrilla. Y de ahí de nuevo a casa por la otra acera, todos los días el mismo paseo en una década de libertad, de niños que corríamos por las calles, de supermiriafioris que paraban para que pasaras y de madres con carritos de niños que hoy somos los mismos ‘boomers’ con canas incipientes y más nostalgia de la que deberíamos.

Cuarenta y tantos años después, todo sigue parecido en esa zona, pero, en realidad, detrás del trampantojo, nada es igual. San Mateo está cerrado, el Viejo Zorrilla es un Corte Inglés y hay un puente que lleva a donde antes no había nada. Mi casa es mucho más pequeña de lo que yo me imaginaba y el campo de yonquis que yo tenía al lado son los dignos jardines de la Plaza del Ejército. El Paseo de Zorrilla sigue teniendo alma de Ensanche, de transición y de vecinos con la hipoteca pagada. Las Mercedes siguen siendo nuestras Torres Gemelas y se respira un ambiente de barrio sin problemas, de barrio venido a más que alterna con mesura, pero sin miedo. Y en esta Cuaresma que se nos viene encima algunas mujeres se marearán de nuevo en medio de un Vía Crucis y en diciembre nacerán niños que seguirán al Pucela en El Norte de Castilla. Algunos lo escribirán para mí como yo hoy escribo esto para ellos, para que sepan en que ciudad viven. Esto es Valladolid. Y lo voy a contar todo desde el principio.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 20 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).