El mayor problema de Casado fue su sonrisa. Un hombre que aspira a dirigir un país tiene que dejar de sonreír de modo indiscriminado y dedicarse a ensayar la cara de mala leche que ponía Aznar cuando se quitaba las gafas despacito, se las llevaba a la mano izquierda y estiraba el silencio, como si estuviera contando hasta diez para no soltarte un bofetón. Porque Aznar acojona. Casado, no. Y resulta que el miedo es la mayor fábrica de autoridad que hay, aunque no de liderazgo. Pero ese es otro tema. Yo me imagino una bronca de Aznar, de esas sin levantar la voz y no hace falta ni que termine, me entrego en el cuartelillo más cercano. Un presidente tiene que mirarte como un mediocentro uruguayo y Casado miraba como el yerno que en realidad quiere tener mi suegra. Y eso confunde al pueblo, que interpreta las excesivas ansias de agradar como ausencia de confianza y de seguridad en sí mismo. Seguramente con razón.

Y parece lo que no es. Porque, no se engañen, Casado y Egea eran más de derechas que el palo de la bandera, más que Aznar y mucho más que Ayuso, pero en la derecha hemos perdido del todo el criterio con el populismo y el eje de la ideología ya no viene marcado por cuán de derechas sean tus propuestas sino por cuán grande sea tu desprecio. La ‘derechita macarra’ siente que hay que hacer siempre lo que la izquierda dice que le molesta y cree que es más de derechas quien más insulta a Sánchez en vez de quien propone cosmovisiones más diferentes a él.

En política, solo eres lo que los demás dicen que eres. Y da igual lo que te esfuerces en cambiarlo: es inútil. A medida que creces, entiendes que lo de la sonrisa no funciona y que, una vez te cuelgan el sambenito, no hay manera de cambiarlo. Si a Casado se le hubiera ocurrido pactar con Sánchez, aunque hubiera sido el cambio de hora, le habrían llamado cobarde, moderadito y timorato, aunque lo de usar moderado con desprecio me recuerda a cuando a Guardiola, para insultarle, le llamaban filósofo. Sin embargo, Feijóo pacta en la Conferencia de Presidentes no sé qué aspectos en materia fiscal y anuncia que votará con el PSOE el aumento de gasto militar y, oye, todo el mundo está encantado. Casado mantuvo una postura premeditadamente ambigua en relación a Vox y lo machacaron. Feijóo mantiene la misma y ahora les gusta. 

¿Y por qué Feijóo puede hacer lo que quiera y Casado no? Pues por la cara de mala leche. Feijóo no sonríe desde 1987 y tiene cara de autónomo, como de estar siempre pensando en cuadrar un presupuesto. Y, sobre todo: no busca agradar. Esa es la clave, intentar agradar siempre es degradante y escuchar a todos es igual que no escuchar a nadie. El problema de Casado fue que la oportunidad le llegó demasiado pronto y cuando tienes mucho tiempo, tiendes a perderlo sonriendo. A Feijóo le ha llegado demasiado tarde y sabe que solo tiene una oportunidad o Ayuso le mandará al mismo lugar que a Casado. Y mucho me temo que, cuando uno solo tiene una oportunidad, tiende a no desaprovecharla.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 18 de marzo de 2022. Disponible haciendo clic aquí).