Si hay algo que desearía con todas mis fuerzas sería convertirme en un lector organizado, en una de esas personas disciplinadas, tranquilas y metódicas que empiezan un libro y lo terminan. Y luego otro y después otro más. Ya está, eso es todo, aspiro a ese orden interno, a la paz mental del que se enfrasca en una lectura y se evade del resto de libros durante unos días. Yo nunca he sido capaz. Tengo decenas de libros a medias en este momento. Los voy dejando en la mesilla de noche, en la mesa del salón, en mi mesa de trabajo, en la mochila, en el maletín de viajar. Voy alternándolos, puedo leer varios a la vez, uno en la cama, otro en el tren y otro en el sofá mientras juega el Pucela. Pero rara vez termino alguno, y no porque no me interesen, nada de eso, me interesan y mucho.

Los abandono porque llegan otros y ocupan su lugar con mayor sentido de urgencia, de novedad o de interés. O solo porque el autor es amigo. O porque el tema me interpela de manera directa. Y así toda la vida, como una especie de vino de solera que juntara varias generaciones de libros en cada rincón. Se van amontonando por toda la casa, pero no quiero llevarlos a la estantería porque sería asumir la derrota, aceptar que ese libro no lo voy a leer nunca y que va a descansar junto con sus hermanos pospuestos en el horror de la vida en ‘pause’. Y, en realidad quiero terminarlo, sueño con un año sabático para ponerme al día. Pero no tengo tiempo.

Y algo aún peor: las lecturas me dan ideas, me abren vías nuevas de modo constante. Así que, muchas veces, he de cerrar el libro para ponerme a escribir. Es una especie de llamada de la selva, la necesidad de poner por escrito eso que quiere salir y hacerlo antes de que se esfume ese ansia por agarrarse a la veta, a ver a dónde nos lleva. Esa sensación de urgencia a la hora de escribir es indescriptible y, cuando llega, hay que parar todo, convertirse en médium y simplemente dejar que salga lo que tenga que salir.

Por eso, toda biblioteca es un proyecto que no muestra lo que has leído sino lo que quieres leer. No muestra lo que fuiste sino lo que quieres llegar a ser. Quien compra libros está vivo, tiene planes, acepta que hay un futuro. Y quien tiene una biblioteca, está muy vivo. Hoy en día una persona puede hacerse con un fondo básico de libros imprescindibles por cuatro duros porque la gente idiota no los quiere: ocupan mucho espacio. No saben que mucho más espacio ocupa la idiocia, la falta de respeto hacia uno mismo que supone no solo ser un analfabeto sino, además, no hacer nada por evitarlo. Aceptemos que la gente no quiere leer. No es un tema de dinero, hay bibliotecas. La cultura es elitista y fue pueril pensar lo contrario.

Estos días tenemos en la Acera de Recoletos la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que es una maravilla. Yo fui con la consigna de comprar rarezas o gangas, es decir, nada de adquirir libros solo por el hecho de que me resulten atractivos porque acabo como siempre, hasta arriba de libros, hasta abajo de dinero y teniendo que pedir ayuda para volver a casa a un porteador polaco. Fue un fracaso. Me dejé medio sueldo. Y tuve que volver a casa en taxi. Y todo para no leerlos, como siempre, para verlos cada día en la mesa del comedor hasta que, no tardando, pasen a las estanterías. Me animo a mí mismo pensando que hay vicios peores. Entre ellos, aceptar que la educación humana, intelectual, artística y cultural de mi hija pudiera depender solamente del Estado.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 7 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).