Qué noche la de aquel siglo

Mi madre nos compraba jamón de York en una pequeña tienda cuyo olor tengo metido en el cerebro, en ese lugar donde residen los recuerdos, los epítetos y el miedo. Porque yo, de pequeño, sentía mucho miedo, aún recuerdo el pánico a despegarme de mi madre, a que me dejara en el colegio y a no saber hacer los deberes. Durante mucho tiempo pensé que era idiota y es muy posible que estuviera en lo cierto. Nunca he sabido hacer nada que requiriera de un mínimo de pericia, de pensamiento mecánico o de coordinación manual. Vamos, que es que no sé ni conducir. Doy gracias a Dios porque hayan inventado el marketing y el columnismo, porque, si no, estaría muerto de hambre. 

Creo que por eso admiro tanto a la gente que sabe hacer cosas, cosas de verdad, no sé, tender puentes, levantar casas, llevar ganado de un sitio a otro o hacer vino. Y los oficios serios: los militares, los zapateros, los camareros. En fin, que también admiro a los que siguen vendiendo jamón de York en mi memoria de niño. Aquella tienda estaba en una calle que, por más que intento buscar, no existe. Doy paseos como un zahorí obsesionado en busca de una calle céntrica que nunca ha vuelto a aparecer. Era larga, tenía muchos coches aparcados y terminaba en una plaza inmensa. Yo era pequeño y sé que estas cosas tienden a distorsionarse, pero la tienda existía. Y yo no la encuentro.

Así he estado durante años hasta que, un día, me comí el orgullo y le pregunté a mi madre. Para mi asombro, me dijo que no solo se acordaba perfectamente de cómo la tendera me daba una loncha recién cortada siempre que íbamos, sino que, además, sabía de sobra en qué calle estaba aquella tienda. Y resulta que esa calle no era otra que la calle Santiago. ¿Qué había pasado en mi cerebro? ¿Cómo puedo no reconocer aquella calle? La respuesta es fácil: por entonces la calle Santiago no era peatonal sino un caos circulatorio lleno de coches blancos soltando humo en los charcos negros. Para quien no lo haya conocido, es difícil imaginarlo, pero la calle Santiago era una calle con tráfico y coches aparcados en doble fila.

ARCHIVO MUNICIPAL Y CACHO

Pero es que también lo era la Plaza Mayor hasta hace no tanto: las motos y los autobuses daban vueltas al Conde Ansúrez como un fado en las Azores. No les digo ya la calle Pasión, que ha sido peatonal hasta antes de ayer, pero es que yo recuerdo vagamente hasta los coches pasando por delante de La Criolla. Me lo recordaba el otro día mi amigo Chema Pardo: el tío pasaba con la moto por delante de El Herbe para que le vieran las chicas que estaban allí, más chulo que un ocho y supongo que sin casco, sin carnet y llevando a un colega detrás. Claro, que supongo que las chicas en cuestión no estarían precisamente tomando una croqueta de huevo sino unos cuantos vinos. En esa época se bebía vino por cántaros y no era nada raro ver a dos chavales hasta arriba de claretes de a cuarenta pesetas. Y luego con la Vespino como si nada. Yo veo hoy a dos chavalillos inflados a clarete de Mucientes un jueves por la tarde y he de reconocer que se me cae la lagrimilla. Vamos, que si no me paran me voy con ellos. Y si los veo torear con la carpeta, los apodero.

A lo que vamos: también había tráfico en la calle Mantería y eso es algo difícil de entender hoy. Pero aquella calle con tráfico era una cosa monumental, una oda al brutalismo, un atasco en alejandrinos, la banda sonora de una ciudad industrial y gris que parecía Birmingham, pero con faseros en vez de Peaky Blinders. Recuerdo el suelo con flechas blancas gastadas, los carga y descarga, los camiones entrando y saliendo y mi padre llevándonos hasta la misma puerta de la zapatería, no fuéramos a andar dos pasos y nos pasara algo. Y las rayas desgastadas de los pasos de cebra y los socavones en el medio, a esa altura en la que Mantería deja de ser el centro y se convierte en un barrio. No es un punto exacto, es más bien una sensación, un cambio de atmósfera, de meridiano, el paso de Berlín Este a Berlín Oeste. No cambia el código postal, pero cambias tú a medida que caminas. Y cuando llegas al final notas que te ha cambiado el deje de pijo del centro por un sutil acento de la Circu. Y en lugar de arrastrar las ‘eses’, arrastras las expectativas.

Más increíble aún resulta recordar con tráfico Cadenas de San Gregorio. Manda narices, si hay un lugar importante en Europa, si hay una hectárea relevante, si hay un metro cuadrado clave en la historia de Occidente, ese es rectángulo imaginario que va de la Casa del Sol al Palacio Real. Pues nada, aquí lo teníamos como una M30 imaginaria que rodeaba la almendra central, aunque por entonces no se llamaba almendra, como mucho era una pipa. O mejor: una castaña.

Coches por nuestra morería, ese barrio con recuerdos mudéjares formado por Constitución, Montero Calvo, Santa María, Alcalleres, Zúñiga y hasta Héroes de Alcántara, Héroes del Alcázar o como se llame ahora. No descarto que terminen llamándolo Héroes del Silencio. Bueno, pues todo eso, queridos niños, estaba también lleno de tráfico, de dobles filas, de pitidos y de humo de carburadores lentos. Y hasta hace no tanto. Pero es que hasta podemos recordar los coches por Teresa Gil, por Cantarranas y por la mismísima calle Platerías. Coches por el otro lado de Fuente Dorada, coches por la Plaza del Val.

Y coches por la Catedral. Parece que han pasado siglos, pero en 2006 pasaban coches por Arribas, por la calle del Berlín, por Cascajares y por la plaza de Portugalete. Peor aún: había un tráfico constante por la misma puerta de la Catedral. Yo recuerdo estar sentados en el maletero de un coche en el Berlín tomando una cerveza, pero hace no tanto, muy cerca ya de los treinta. Ahora lo recordamos y parece prehistoria. Cuando lo recuerdo hay polémica. Prueben con sus amigos, ya verán como les dicen, como a mí, que «no puede ser hombre, eso fue mucho antes de 2006». Pues no, queridos amigos. Hasta hace poco, nuestra ciudad era un pequeño Le Mans. Por eso conviene no olvidar de dónde venimos y como, poco a poco, entre todos, hemos ido devolviendo algo de dignidad a nuestra ciudad: la muy noble, leal, maltratada y semipeatonal ciudad de Valladolid.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 3 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).