Sea usted quien sea y crea en lo que crea, le pido que, por favor, se meta en el papel. Haga un esfuerzo, solo son ocho días y pasan rápido. Actúe, interprete el personaje que le toque en este gran teatro que comienza y en el que toda una ciudad se va a interpretar a sí misma. Cada uno tenemos nuestro rol y vamos a por el Oscar. Hágalo por los niños, piense en ellos y viva pendiente de sus miradas, sus gestos y sus hallazgos. Se cumplen tres años sin procesiones en Semana Santa y hay miles de niños –como pudiera haberlo sido usted hace no tanto– que nunca han visto un paso por la calle, que jamás han sentido la emoción de ver aparecer al fondo de la calle a la Virgen de su barrio, que no saben de lo que hablamos cuando hablamos de orgullo. 

No es una manera de hablar: un niño de ocho años tenía cinco allá por 2019, cuando abrimos por última vez las puertas y los corazones. Ese niño no recuerda nada y está a punto de bajarse del carro. Está peligrosamente cerca de no sentir esto como suyo, lo que sucede en los primeros años marca toda una vida y el tiempo se acaba. Y a veces, cuando queremos reaccionar, ya se ha hecho tarde. Por eso, todos los niños que vea y tengan menos de esa edad apenas recordarán nada y, si no es este año, será complicado unirlos a una tradición en la que habremos puesto una bomba lapa. La identidad se genera en la repetición y, sin ella, se pierde la costumbre, salta por los aires el legado y se genera un corte en la correa de transmisión de la que formamos parte, queramos o no. Porque no es opcional. A nosotros nos enseñaron nuestros abuelos, nos llevaron de la mano nuestros padres cuando seguramente habrían preferido hacer otra cosa. Pero nadie les preguntó. Ellos lo hicieron por nosotros, nos subieron en sus hombros para que viéramos llegar a La Borriquilla y, gracias a eso, hoy estamos en disposición de hacer lo propio, de ocupar nuestro lugar en la historia y de coger el mando de una ciudad que pide a gritos mirarse y reconocerse. Nos toca poner la espalda y endurecer los trapecios, es el momento de cumplir con nuestra parte del trato y enseñar a los niños quiénes son, de qué forman parte, cuál es su Cultura. Es el momento de hacerlos entender que, desde hace más de 500 años, los vallisoletanos hacemos esto, que esto es lo que somos, que esta tierra de sus bisabuelos estaba antes que nosotros y estará después de ellos, con sus respiraciones contenidas y su emoción calmada. Que esta es la fe que, desde aquí, hemos llevado al mundo. Ellos tienen derecho a conocerlo para conocerse, a entenderlo para entenderse, a perderse por las calles, a oler el incienso y la cera. Y a ver a los mayores, por una vez, a su altura.

El Cristo de la Misión y el de las Cinco Llagas recuperan el esplendor procesional en las calles

LUIS AMO

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Esta semana la historia nos pide colaboración. Vayan a todo lo que puedan, aguanten un poco, déjenles que se cansen y lleguen a casa rendidos, permítanles vivir lo que nosotros hemos vivido, compren palmas y torrijas. Despierten su curiosidad, denles permiso para que sean, por fin, plenamente vallisoletanos y entiendan el evangelio según Castilla. No podemos permitir que esto se convierta en algo del pasado. Un pueblo que no se conoce es un pueblo muerto y una tierra que no respeta lo que le ha sido entregado es una tierra incapaz de entregar nada a los que vienen detrás. Han de vivirlo, conocerlo, han de tener la oportunidad de sentirlo. Y hemos de hacer un sprint, exagerarlo todo un poco, pasar más tiempo en la calle de lo que pasaríamos si no hubiera pasado lo que ha pasado. Hay que recuperar el tiempo perdido. Visiten los templos, expliquen lo que puedan, pregunten si no saben. Porque esta semana Valladolid hace de Valladolid. Esta semana, nuestra ciudad se homenajea en cada silencio, se celebra en cada espera y se pone de puntillas para alcanzar la altura infinita de su historia. 

Recuerden de dónde venimos y lo que hemos pasado. Recuerden el pánico de marzo, las ambulancias de abril, los aplausos de mayo. Recuerden a los que no supieron que aquel día de 2019 iba a ser su ultima Semana Santa. Y después vuelvan a olvidarlo, porque estamos vivos y, por respeto a los que se fueron, todo ha de comenzar de nuevo. Esto es la vida y necesitamos abrir los sentidos, dejar la ventana libre al asombro, coger a los pequeños y trabajar los recuerdos que formarán un día a personas orgullosas de su tierra, de su gente y de la tradición de la que forman parte por nacimiento. Ellos tienen el derecho a ser parte de esta comunidad. Y su derecho es nuestra obligación.

Mírenlo todo, escúchenlo todo, huélanlo todo. Hagan un esfuerzo, llenen las calles y vivan como secundarios de una historia en la que los protagonistas son ellos. Salgan de casa, busquen un buen sitio, no crucen por el medio. No griten mucho, no callen demasiado, acuérdense de cuando a ustedes les dejaban pasar para sentarse en primera fila, en ese suelo que es el mismo suelo. Está en nuestra mano. Ellos lo merecen y nosotros también. A por ello, castellanos. Hemos vuelto. Y agárrense fuerte que partimos.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).