Que los inmigrantes jóvenes se integren en la España Vacía supongo que pasa porque vengan, miren un rato el acueducto de Segovia, se ventilen un cochinillo y media botella de Protos y emigren a Madrid, que es en el único lugar en el que van a poder encontrar trabajo. O quizá Mañueco esté pensando en importar ancianos de todas las partes del mundo y enseñarlos a mirar obras y a jugar al dominó, eso sí que sería una integración total en el paisanaje de nuestra tierra. 

Digo esto porque, en su discurso de investidura, Mañueco nos sorprendió diciendo que busca «una inmigración ordenada desde la integración cultural, económica y social» y que quiere que los inmigrantes «busquen la plena integración a través del respeto a las leyes, valores y libertades europeos de la sociedad que las integra». El problema de sus palabras son los matices y que mezcle cosas que le suenan bien pero que nada tienen que ver entre ellas. ¿Qué tiene que ver la integración cultural con la económica? ¿Y qué tiene que ver la integración económica con la social? ¿Cuáles son los valores europeos? Se lo digo porque poco tiene que ver, por ejemplo, un gitano de Rumanía con uno de Triana. Y ambos son ciudadanos europeos de pleno derecho. Y ambos tienen valores. Y forman parte de una cultura. Lo mismo que un español musulmán de Melilla. Por eso, no sé a qué se refiere exactamente. 

Si lo que quiere decir es que o tenemos estado de bienestar o tenemos inmigración descontrolada, totalmente de acuerdo. Todo el que venga tiene que tener papeles porque la ley es la ley y todos -excepto los golpistas catalanes- estamos sujetos a ella. Pero, como recuerda Juan Carlos Girauta. «la palabra ‘integración’ no presupone nada bueno. El subsahariano integrado en Cataluña se hará separatista. En el País Vasco homenajeará terroristas. Lo único que hay que exigir a todo el mundo es que cumpla ley. Mira que es fácil e inatacable la fórmula. Pues no hay manera». 

Un inmigrante sin papeles ha de ser expulsado, diga lo que diga la catequesis progre. Pero si ese inmigrante es legal, ha de tener los mismos derechos que un español, exactamente los mismos, y uno de esos derechos es vivir la vida como le de la real gana, con la cultura que quiera, con la religión que le de la gana y con las costumbres que le salgan de las narices, exactamente igual que el señor Mañueco. Solo hay que exigir que esté dentro de la ley. Creer lo contrario es tener un cacao mental enorme y exigir una integración cultural -la catequesis moral de los de enfrente- no solo es inmoral sino profundamente iliberal. Mire, usted cumpla las leyes, cotice a la seguridad social, pague sus impuestos y haga lo que le de la gana, como haría un tío de Medina del Campo o del Barrio España. 

Que el estado venga a regular la integración cultural es algo tan bestia que parece de dictadura comunista. ¿Quién lo va a medir? Y peor aún: ¿Cómo? ¿Vamos a poner a unos funcionarios a hacer de sexadores de buenos inmigrantes? ¿Les vamos a exigir que se hagan cofrades? O mejor, aún, ¿les vamos a obligar a que se hagan ateos, que es lo normal ahora en España? 

Creo que algunos no se han enterado aún que el problema de Castilla y León no es la inmigración sino la despoblación. Y agitar problemas que no tenemos con razones que esconden una falla ideológica enorme solo para tapar los problemas que sí que tenemos y no saben resolver no parece una buena manera de empezar la legislatura.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 14 de abril de 2022. Disponible haciendo clic aquí).